Retorno desde el frente

El anochecer dio un color más apropiado a la barbarie que algunos denominaron batalla. Los ánimos de muchos laderenses volvía a ser tan oscuro como la noche que los cubría. Para algunos de ellos, la locura todavía estaba presente y la rabia seguía guiando sus actos.

La cabecilla hacía horas que sentía mucha menos ira que consternación. Volvía del frente abatida, aunque no tanto como su primera vez. Iba arrastrando su espada dejando un surco en la tierra que atravesaba mientras volvía al campamento. Tras ella quedaban atrás los gritos de los que todavía no comprendían que el combate había llegado a su fin.

Le salieron al paso un par de hermanos de guerra de la guardia personal del cabeza de guerra, quienes tenían orden de encontrarla.

—Buenas noches, señora. El cabeza de guerra requiere vuestra presencia de inmediato.

—¿No puede esperar hasta mañana? Seguro que estaré mejor —Les contestó ella.

—Por favor, disponemos de órdenes muy claras. Debe acompañarnos —Dijo uno de ellos, impasible.

—Está bien, vamos —Les contestó ella, tras un leve suspiro, apoyándose con la mano en el hombro de uno y dando su espada al otro para que se la portase.

Los dos mensajeros no dudaron en ayudarla, pero nadie abrió la boca durante el trayecto de vuelta al campamento oxäno.

Después de un tiempo indeterminado, los dos enviados dejaron a la mujer dentro de la tienda del cabeza de guerra, realizaron su saludo marcial en perfecta sincronía y abandonaron la estancia.

El cabeza de guerra estaba de espaldas a la mujer, vertiendo un poco de vino en una copa que le ofreció, y con cara amable le dijo:

—Debería haceros colgar, a vos y a todos los vuestros.

—¿Y qué te lo impide? —Preguntó ella desapasionada y carente de interés.

—Habéis roto la disciplina militar, habéis desobedecido mis órdenes y habéis puesto en peligro el éxito de toda la batalla.

Ella no dijo nada, permaneció expectante mientras bebía todo el vino que él le había ofrecido.

—Contestando a vuestra pregunta, señora mía, debo reconocer que habéis actuado con un extraordinario valor, habéis destrozado al enemigo y asegurado la victoria con una facilidad asombrosa —Dijo él mientras volvía a escanciarle la copa, llenándola hasta rebosar.

—Además, no hay suficientes árboles por la zona para ahorcaros a todos y me partiría el corazón veros colgada del cuello, no creo que ese deba ser vuestro destino —Añadió él, ofreciéndole de nuevo la copa.

Ella la tomó de nuevo y volvió a bebérsela sin mesura, hasta el final.

—No parecéis ser consciente de lo increíble que sois, con vuestra extraña belleza septentrional, con vuestros guerreros imparables —

Añadió él mientras se le acercaba.

—Hace un mes este imperio iba a ser borrado del mapa, convertido en tan sólo un recuerdo del pasado. Hoy creo que la guerra está ganada, nuestros enemigos sentenciados y hay un gran futuro esperándonos... a ambos —Prosiguió él con su discurso, situándose justo al lado de ella, con una mano comenzando a rodear su cintura.

—Cuando la semidiosa conozca vuestra capacidad de combate, tal vez el Imperio Oxäno pueda volver a ser reunificado, recuperar su gloria de antaño y, con ella, grandes honores para nosotros dos —Concluyó él besándola despacio mientras ella, inerte y desapasionada, lo iba permitiendo.

A ojos de ella, él era grande y no mal parecido, muy dispuesto a darle el cariño que llevaba tanto tiempo esperando.

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