Prólogo

Entró en la atestada plaza de una gran ciudad, avanzando con paso firme y decidido, parecía que se fuera a comer el mundo dando amplias y rápidas zancadas. Atravesó la calle y se dirigió al colosal edificio del final, que se alzaba majestuoso, orgullo de sus arquitectos y las madres de éstos, de las oficinas que anidaba y de toda la ciudad. Tuvo que levantar la cabeza para contemplarlo en su totalidad pero no se sintió tan impresionado como el resto de los presentes. Viéndolo caminar con su traje caro de corte italiano, no aparentaba ser el típico hombre de negocios, sino más bien un entrenador personal vestido para una boda.

Apenas necesitó un momento para llegar a la entrada del edificio, pero no se quitó ni sus semi-ahumadas gafas de sol, ni los pequeños auriculares que le suministraban esa música que tanto le motivaba. Su piel bronceada en exceso, su cara chupada, una corbata negra a juego con su cabello y un corte de pelo que empezaba a ser demasiado moderno, llamaron la atención de la recepcionista, una veterana con muchos años de experiencia que solía calar bien a los visitantes. Desde luego no se trataba de un agente de cambio y bolsa, ni de un ejecutivo.

Tal vez podría ser uno de esos ricos guapos, un poco horteras, con todo el tiempo del mundo para esculpirse en el gimnasio y que vendría a ver a su abogado o a su asesor financiero. Sin embargo, para la bolsa que llevaba en la mano no disponía de teoría alguna, parecía demasiado pesada para ser la ropa del gimnasio, y desde luego no llevaba ni documentos ni ningún portátil. Era de tela sintética y color negro, acolchada y con forma ortoédrica, capaz de albergar una pequeña impresora. Fuera lo que fuera lo que allí llevaba, dedujo que debía ser de valor para él, tal vez un prototipo a mostrar en busca de financiación.

En lugar de acercarse a recepción como ella esperaba, él introdujo su mano en el bolsillo, y tras una ligera búsqueda encontró una tarjeta de banda magnética que utilizó para pasar las puertas automáticas. Aquello le pareció sospechoso, ya que nunca lo había visto por allí, lo recordaría, así que decidió consultarlo con su compañero de seguridad que con su uniforme reglamentario estaba apoyado en la pared. El hombre del traje vio toda la situación de reojo, como le observaban y cuchicheaban, así que les dirigió una rápida mirada y aceleró el paso. Eso provocó al guardia de seguridad, que de inmediato decidió seguirle para hacerle un par de preguntas.

El visitante entró por el corredor central seguido por el guardia, y manteniendo la distancia, fue directo a las escaleras. Podría parecer que se dirigía a las primeras plantas pero comenzó a subir y a subir pisos casi sin mostrar signos de cansancio, parecía preparado para ello. El guardia, sudando copiosamente y sin aliento, utilizó su comunicador para pedir ayuda a un compañero que le esperaba al final de las escaleras, un par de pisos más arriba. El hombre del traje, cargado con su pesada bolsa, al ver al otro vigilante, dio unos pasos atrás acercándose a la puertas de unas oficinas. Allí esperó a que el primer guardia acabara de subir las escaleras y en cuanto ambos tuvieron contacto ocular, le hizo un gesto, movió los labios simulando un beso lanzado al aire. Aquello provocó y motivó a los dos uniformados a seguirle con ahínco. Él cruzó la puerta y las oficinas que fue encontrando y se dirigió al baño, que, tal como había aprendido, se situaba en la misma zona en todas las plantas. Los chicos de la oficina sólo oyeron una música demasiado alta que escapaba de los auriculares de nuestro hombre, las chicas, un poco sorprendidas, le dirigieron alguna mirada más prolongada de lo estrictamente correcto. Ahora la atención de los oficinistas se vio centrada en los dos guardias que, corriendo, siguieron el mismo trayecto, introduciéndose también en el baño.

Los de seguridad se mostraron confiados, él solo se había acorralado, sin embargo había que entrar con precaución. Abrieron la puerta despacio, esperando encontrarlo a simple vista, pero no vieron nada ni a nadie, así que decidieron entrar tras él. Cuando cruzaron la puerta, oyeron una voz a sus espaldas:

—Hola —Dijo con acento extranjero.

Ambos se giraron al instante y lo vieron, ahí estaba, con la espalda apoyada en la pared, escondido tras la puerta de entrada. Cuando fueron a reaccionar, los tres se encontraban formando una línea recta, y, por instinto, los guardias se abalanzaron sobre él.

El trajeado visitante había estado sosteniendo la bolsa con las dos manos, muy cerca de su pecho y con toda su fuerza, con la ayuda extra de tener la pared sosteniéndole, lanzó la bolsa contra el primero de ellos, directa a su cara. Aquello lo noqueó, cayendo sobre el segundo y arrastrándolo en su aparatosa caída contra el suelo.

Sin soltar la bolsa y con bastante calma, volvió a levantarla y, acercándose al segundo guardia, la lanzó contra su cara, destrozándole la nariz, que estalló en sangre y dejándole también inconsciente. Con ayuda de papel higiénico limpió la base de la bolsa y se miró al espejo comprobando su peinado, se ajustó los auriculares y buscó la canción más adecuada para la situación, “Hard way” de Brock/Davis.

Usó la bolsa de nuevo para golpear el pomo de la puerta desde dentro y así inutilizarlo. Salió del baño y cerró la puerta, esto le permitiría ganar cierto tiempo. Los oficinistas se miraron entre sí, pues esperaban verlo salir junto a los guardias. Él sonrió y se levantó las gafas un instante, miró a la chica que le pareció más inaccesible y le guiñó el ojo con descaro. Ahora todos exclamaron y se escandalizaron pero no les dio tiempo a más, pues de inmediato salió de allí por donde había entrado.

Esta vez no tomó las escaleras sino que llamó al ascensor y subió hasta el piso vigésimo segundo. En el trayecto hubo un par de paradas más, pero nadie pareció extrañado de verlo ahí, a todos los efectos parecía uno más. Ahora sí, había llegado casi a su objetivo: las oficinas de la multinacional Goldfire.

Entró, y con un sonoro golpe depositó la bolsa sobre el mostrador de la entrada, tras el cual había una especie de secretaria de aspecto estirado. Ella hizo un gesto antipático mostrando su indignación por el golpe que había producido, pero cuando él estaba abriendo la boca para dirigirse a ella, se percató que a sus espaldas había una mujer con un bebé en un carrito. Se giró, y dirigiéndose a ésta, le dijo:

—Saca a tu niño del edificio, tienes cinco minutos —Todo ello con su peculiar acento, que identificaron como procedente de algún lugar de Italia.

La mujer se extrañó y se preocupó, cogiendo el carrito y acercándolo a ella, la secretaria levantó la voz y le dijo:

—¡Oiga!, ¿qué se ha creído Ud.?

—¿Cual es el despacho del Sr. Controire? —Preguntó él sin alterarse lo más mínimo.

—¡Estoy a un pelo de llamar a seguridad! —Dijo la secretaria al ver la actitud del individuo.

El hombre, con bastante calma, comenzó a abrir la bolsa, por donde asomó un mango de madera oscura, labrado con exquisito gusto. Lo agarró y lo extrajo usando las dos manos, situándolo también sobre el mostrador. Los ojos de las dos mujeres quedaron muy abiertos, sorprendidas por aquel extraño objeto y la surrealista situación. Nunca antes habían visto algo así, un martillo enorme de cabeza alargada, grande como una caja de zapatos pero ligeramente puntiaguda, adornada con unos hermosos motivos que recordaban a algún tipo de cultura arcaica. La secretaria, al verlo, no tuvo otra ocurrencia que usar el teléfono para comunicarse con el servicio de seguridad. Él tomó el martillo por el mango con una única mano y, estirándolo hacia atrás, lo volteó realizando un círculo para ganar inercia y golpear el mostrador. Éste estalló en pedazos, y con él, la base del teléfono de la secretaria.

Ahora sí, la sorpresa se convirtió en shock y paralizó a la secretaria. La madre sintió una profunda inspiración en las palabras que él le había dedicado unos segundos atrás, y sin pensárselo dos veces, tomó a su hijo y se dirigió a la salida. Él volvió a preguntar:

—¿El despacho del Sr. Controire, por favor, señorita? —Con más calma y educación que al principio, mostrando respeto por la secretaria, que cruzaba los cincuenta y muchos años.

—Al final del pasillo, no tiene pérdida. —Dijo ella anonadada, como había hecho miles de veces antes, pero con la voz temblorosa.

Tomó el pesado martillo y, rápidamente, se dirigió a donde le habían indicado. Abrió la puerta, se introdujo en el despacho y volvió a cerrarla. Su ocupante, el Sr. Controire se alzó indignado y le dijo:

—¡¿Pero qué está haciendo?!

Él levantó el martillo y colocó la cabeza de éste debajo de la mandíbula del Sr. Controire con tal prisa y falta de delicadeza, que le cerró la boca de un golpe, haciéndole sentir un doloroso choque de dientes que produjo un chasquido y la fractura de uno de ellos.

—Calma, campeón, no es necesario ponerse nervioso. —Le dijo con tranquilidad.

El golpe, en efecto, calmó al Sr. Controire que, asustado, se calló al instante. Su interlocutor bajó el martillo un par de centímetros y volvió a levantarlo con muchísima fuerza, reproduciendo el golpe en la mandíbula, pero esta vez multiplicando su intensidad y daños. Ahora varios de los empastes y dientes más frágiles se quebraron o rompieron directamente, y, por supuesto, el Sr. Controire perdió el conocimiento.

—A dormir, Controire. —Concluyó.

No perdió un minuto en dirigirse hacia la gran litografía que decoraba la pared: “Saturno devorando a su hijo”, de Rubens. Sin demasiado respeto la descolgó, dejando al descubierto una caja fuerte de buen tamaño.

— “Rock’n’roll, pequeña, Rock’n’roll...” —Le dijo a la caja mientras cogía su martillo con fuerza.

Se situó al lado izquierdo de ésta y dijo con decisión:

—¡Ënzir!

De forma inmediata, el martilló vibró y reaccionó con violencia, como un bulldog despertando de un mal sueño y, con una fuerza inconmensurable, golpeó una de las esquinas de la caja fuerte. El terrible impacto sonó como un trueno saliendo de la oficina y hundió parte de la caja fuerte, pero antes de que hubiera transcurrido un instante, volvió a golpear la otra esquina y luego la otra, sin compasión, hasta lograr que la puerta de la caja cediese tanto como para que uno de los boquetes tuviera el tamaño de la cabeza del martillo. Fue por uno de esos boquetes por los que introdujo la cabeza del arma, hizo un ligero gesto de palanca y el martillo se movió hacia él, haciendo saltar la acribillada puerta por los aires con tanta fuerza que atravesó uno de los cristales del despacho. Tras lograr su objetivo depositó sobre la mesa el martillo cabeza abajo. Ahora el silencio le permitía oír de nuevo la música de sus auriculares. Se abalanzó sobre el contenido de la caja fuerte y extrajo todos los documentos que encontró para revisarlos, buscaba algo en concreto.

Nadie habría podido evitar oír el estruendo del despacho, pero nadie se acercó a él hasta que llegó la policía, dos (agentes) en concreto. Vestidos con sus uniformes y arma en mano, avanzaron a sus espaldas con mucho sigilo, hasta que el más cercano estuvo ya a menos de dos metros de él. Apuntándole a la cabeza sin hacer el menor ruido, presenciaron como con voz de falsete y un notable desafine cantaba parte del estribillo de la canción:

—¡...uuuuuuUUHHhhh... haaaard waaaAAaaayyy...!

Mientras tanto, el malogrado cantante, que ignoraba tanto que no acaba de acertar las notas como que no era el único presente en la habitación, notó una ligera presión, de un objeto duro en la parte posterior de su cabeza y comprendió que se trataba del cañón de una pistola en su nuca.

—Quieto... mala pieza. —Dijo con desprecio quien le encañonaba.

Levantó las manos y soltó los documentos, mostrándose muy calmado, mientras tanto, el policía le retiraba los auriculares despacio para evitar movimientos bruscos.

—Date la vuelta... despacio, muuyyy despacio. —Añadió.

Sin ofrecer resistencia hizo lo que se le ordenó, es más, levantó sus manos pausadamente, adelantándose a las órdenes de los policías.

Éstos sintieron un alivio por haber resuelto el incidente sin mayor complicación. De forma inesperada y de nuevo sin haber sido ordenado, se arrodilló delante del primer policía manteniendo las manos en alto.

Estaba tan cerca de éste que por un momento el agente se sintió incómodo y dio un paso atrás. Justo cuando acabó de hacerlo, susurró:

—Ënzir...

—¿Qué...? —Preguntó el policía, sin comprender.

—¡Ënzir! —Grito de forma repentina, sobresaltándolos.

Acto seguido, el martillo volvió a vibrar y voló literalmente desde la mesa del despacho hacia su mano derecha, y mientras lo hacía, en su trayecto se encontró y golpeó con impiadosa violencia los cuerpos de los policías. Ambos sufrieron el golpe de forma lateral, ya que no se encontraban en el mismo centro de la trayectoria del martillo, pero no tan alejados como para evitar su impacto. La brutalidad del golpe les quebró varios huesos de inmediato, derribándolos y produciéndoles terribles heridas internas. El trajeado individuo sólo tuvo que abrir su mano y recibir el mango del martillo, el cual desaceleró como si una cadena invisible lo hubiera atrapado. Si hubiera estado de pie, el recorrido del arma podría no haber alcanzado a alguno de los policías. Con un gesto se incorporó y se asomó con relativa prudencia para comprobar si había más policías o cualquier otro dispuesto a detenerle, pero no encontró a nadie y volvió a su tarea. De nuevo dejó el martillo y se sumergió otra vez a examinar los documentos. Unos segundos más tarde encontró lo que estaba buscando: un extraño y antiguo documento con incomprensibles signos escritos sobre cuero. Extrajo una funda plástica que llevaba en el bolsillo de la chaqueta, redoblada infinidad de veces para no ocupar espacio, la expandió e introdujo el documento en su interior, la cerró y miró un instante el documento. Por un momento sintió emoción suficiente para que sus ojos se humedecieran. Introdujo la funda en la bolsa negra donde había traído el martillo y situó el asa larga de ésta alrededor de su hombro, rodeando su cuerpo para evitar que pudiera desprenderse de él. Se dirigió a su arma y le dijo:

—Ënzir, ayúdame, cariño.

Lo agarró con dos manos y lo extendió arqueándose tanto que la cabeza del arma podía entrar en contacto con su espalda, flexionó sus piernas y dio un salto vertical para ganar inercia en la caída, durante la cual, inició el golpe de martillo. Ayudado con la interminable energía de éste, golpeó el suelo como si cuarenta martillos neumáticos se hubieran accionado al unísono. El suelo no soportó el impacto y se agrietó tanto que mostró un pequeño boquete que permitía asomar el brazo hacia la planta inferior. Él repitió el proceso con más ahínco si cabe, y ensanchó tanto el boquete que ya podía introducirse en él y de esta manera saltó al piso inferior. En este caso, la nueva planta también albergaba un despacho y éste estaba vacío. Repitió el proceso y de nuevo agujereó el suelo hasta que puedo introducirse por él.

En la siguiente planta decidió cambiar de estrategia y una de las paredes fue el objetivo de sus golpes, concretamente aquella que colindaba con el ascensor. Con un boquete de tamaño comparable al de un barril, pudo acceder al hueco del elevador. Allí dio una vuelta al cable del ascensor sobre la cabeza del martillo y, de esta manera, pudo descender las veintidós plantas restantes haciendo rápel. Esta inesperada maniobra le permitió burlar las fuerzas de seguridad que habían subido a las plantas superiores, y para cuando se dieron cuenta, ya había llegado a las plantas de aparcamiento. Allí, con el traje, el pelo, la cara y las gafas llenos de polvo de cemento y grasa del ascensor, tomó aire un momento, el esfuerzo le había dejado casi sin aliento a pesar de que estaba entrenado para dar el mayor rendimiento físico. Buscó en la bolsa que llevaba consigo un pequeño mapa del aparcamiento y en un par de segundos, identificó una habitación de mantenimiento que estaba cerrada por una puerta de metal. Se dirigió a ella y derribó la puerta con una facilidad asombrosa en comparación al suelo que había atravesado y a la caja que había abierto. Desde la habitación bajó por unas escaleras que llevaban a otro piso bastante amplio, allí no había persona ni coche alguno, a duras penas un par de cajas de cartón. Se acercó a una pequeña rejilla de desagüe que ensanchó de la manera habitual y se introdujo por ella: había conseguido entrar en las alcantarillas. Buscó de nuevo en la bolsa una pequeña linterna y con ella pudo identificar un largo pasillo de alcantarillado, guardó el martillo en la bolsa y sin soltar ni ésta ni la linterna, se adentró en el pasillo. Con resignación, pudo comprobar que un asqueroso río subterráneo le cortaba el camino, así que no tuvo más opción que introducirse en él.

—Bueno, la mierda sólo nos llega hasta las rodillas, ¿verdad Ënzir?

—Dijo sin perder el buen humor.

Y tras esto, comenzó a correr por el pasillo, alejándose entre la oscuridad y el mar de heces y detritus que transitaba por los subsuelos de la ciudad. Ahora nadie lograría encontrarle.

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