La vuelta

Fueron cinco días muy silenciosos los que tardaron los asaltantes en llegar hasta el grupo principal. El sentimiento de culpa les acompañó durante el trayecto. No iba a ser sencillo explicar la falta de la chica sin descubrir el origen del oro. En sólo unos días se habían vuelto mentirosos, ladrones y asesinos, y eso era más de lo que estaban acostumbrados a soportar. No obstante, habían conseguido el preciado metal.

El gran grupo había acampado a medio camino entre la nada y ninguna parte, no tan lejos de Puerto Guenäda. Los primeros días, dormir al raso les llegó a parecer hasta divertido, pero el hábito empezó a traer molestias y malestar en general. Comida todavía tenían bastante, la suficiente para una semana más, pero a partir de ese momento, con la llegada del oro, podrían costearse unas mínimas comodidades hasta el fin del trayecto, así que al ver volver al pequeño grupo, la alegría se extendió entre los laderenses. Al menos hasta que se percataron de que su número se había reducido.

Una vez todos reunidos, la cabecilla consiguió dar forma a una mentira que todos aceptaron como explicación y tomaron el tiempo justo para volver a partir hacia la ciudad costera. Mirando como avanzaba la columna, todavía bastante arisca y distante, la cabecilla volvió a dirigir la palabra al erudito.

—Desde luego que no somos pocos, yo diría que vamos a necesitar unos cuantos barcos para embarcarlos a todos.

—Así es —Dijo el erudito, aliviado—. Las naves que podemos costearnos no serán muy grandes. He calculado que, aproximadamente, necesitaremos unas trece.

—¿Y será así de sencillo? ¿Tendremos tantos barcos esperándonos? —Volvió a preguntar la cabecilla.

—No será tan sencillo como eso, pues no es nada habitual una carga como la nuestra, y menos en un puerto tan septentrional —Le contestó el erudito.

—¿Y entonces? —Añadió ella.

Las embarcaciones de comercio suelen llegar con grandes cargamentos desde aguas más meridionales. Tras la venta y descarga de éstos, vuelven vacías. No debería ser tan difícil convencer a algunos capitanes de aceptar dinero por transportarnos en un viaje que iban a realizar sin beneficio alguno.

—Volvemos a tenerlo todo bien preparado, ¿verdad? —Dijo ella con cinismo, sin mirarle, con la vista perdida al frente.

—No todo, desde luego lo de la muchacha no entraba en mis planes en absoluto. Ha sido desalentador —Dijo él a modo de disculpa, muy serio, también con la mirada perdida en el horizonte.

La cabecilla comprendió el porqué del giro de la conversación, con un tono más amable giró su cabeza para dirigirle una mirada, y le dijo:

—Está bien, todos sabemos que esto no es ningún juego.

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