La respuesta

Todas las miradas y atenciones se habían centrado entre el pequeño espacio que se ubicaba entre la colina y el principio del Océano Rojo. Los comentarios empezaron a gestar un murmullo que se expandía conforme iba llegando hasta la cumbre. Ante ellos se situaba un espectáculo tan inesperado como insólito. Tal como el cabeza de guerra había supuesto, ni un alma habitaba esos lares pero había claros signos de que hasta poco antes la situación había sido diferente. Y desde luego, un gran detalle mostraba la mano del hombre o de alguna otra criatura inteligente y con gran capacidad de organización. Nadie había visto algo igual, ni antes ni después de ese momento, descomunal, oscuro y profundo: un pozo de naturaleza desconocida era la explicación que estaban esperando, la solución que los hiperterian habían encontrado para llevar a cabo su venganza.

Unos minutos más tarde, muchos de los laderenses y no menos hermanos de guerra, habían descendido de la loma situándose al borde del colosal agujero.

—Sencillamente increíble —Liberó sus pensamientos la cabecilla.

—Este agujero sería una hazaña hasta para los mismísimos dioses

—Se permitió reflexionar un hermano de guerra.

—Deben haber estado construyéndolo durante generaciones enteras —Dijo Okäni.

—Esas bestias son inmortales. Al menos hasta que nos encontraron a nosotros. Disponen de todo el tiempo del mundo —Añadió Lärit, mirando hacia la profundidad de la excavación, como el resto de presentes.

—Construido durante años, alimentado con el odio que nos profesan. El tamaño de esta obra sólo debe ser comparable a su abominación por nosotros —Explicó el cabeza de guerra.

—Vienen del centro de la tierra —Dijo Lögit.

—Esto que has dicho ha sido bastante estúpido incluso para ti, Lögit —Le recriminó Okäni—. Estos pollos provienen del otro lado del Océano Rojo. ¡Estos pollos han hecho un agujero por debajo de todo el maldito océano!

Lögit, lejos de sentir herido su orgullo, quedó impresionado por la explicación que le había dado Okäni, y no pudo evitar decir: —Hay que ir tras ellos, no hay que dejar ni uno con vida.

—¿Estáis locos? Lo más prudente es hundirlo o, mejor todavía, inundarlo para cortar todo acceso —Le replicó uno de los manos de guerra.

—No descansaremos hasta que estas bestias dejen de respirar. ¿No estás viendo de lo que son capaces sólo por exterminarnos? —Le contraargumentó Lärit— O ellos o nosotros, no hay alternativa.

—Haremos lo que ordene el cabeza de guerra, estáis bajo nuestra supervisión —Le recordó el mano de guerra.

—Nosotros hemos venido aquí a ayudaros a acabar esta guerra, no a enterrar este asunto como si fuera un perro muerto —Se le encaró Lärit

—Es cierto que nos hemos involucrado en esta empresa mucho más de lo que podáis imaginar —Confirmó la cabecilla.

—Yo digo que los sigamos y acabemos lo que vosotros no tenéis valor de hacer —Manifestó Lärit, mientras Lögit movía la cabeza en señal de acuerdo.

—¿Estáis locos? ¿Pensáis meteros por este engendro para perseguirlos? ¿Cuantos días vais a pasar sin luz, sin comida y agua?

Y tened en cuenta que después, si no os están esperando a la salida para aniquilaros, deberéis luchar en una tierra que desconocéis por completo —Les advirtió el hermano de guerra, mientras dirigía su mirada hacia el cabeza de guerra, esperando de él una intervención que impusiera orden.

—Siempre estaremos a tiempo de sepultar este túnel, pero no de reconstruirlo. No debemos tomar decisiones que puedan limitarnos en el futuro —Sentenció el cabeza de guerra.

En ese momento, un hermano de guerra se acercó a él y le susurró algo al oído. El cabeza de guerra se giró y trajeron ante él un hombre, el mensajero que con tanto empeño había estado tras ellos.

—Cabeza de guerra, no me ha sido nada fácil alcanzaros, disculpad mi tardanza. Traigo órdenes de la mismísima semidiosa —Dijo el mensajero.

—¿En qué podemos servir a nuestra amada señora, Liet Gorgana Oxän? —Preguntó con reverencia, el cabeza de guerra.

El mensajero hizo una pausa a la que el cabeza de guerra contestó:

—Podéis hablar con libertad delante de mis hombres.

—Nuestra semidiosa os felicita por vuestros éxitos y os ordena que volváis de inmediato a la capital —Dijo el mensajero mientras le entregaba el documento que confirmaba la veracidad de sus afirmaciones.

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