La resaca

El día siguiente pilló por sorpresa a todos los que se encontraban en el campamento hiperterian, incluso los más madrugadores se vieron sorprendidos por cálidos rayos de sol que presionaban sobre sus rostros. Sus ojos, doloridos por la luz, huían de ésta como si fueran habitantes de una cueva.

Poco a poco, hermanos de guerra y rïdguns, como los llamaban ellos, fueron levantándose. Una hora después de que la mayoría estuviera ya en pie, llegaron órdenes del cabeza de guerra: había que dejar el campamento y dirigirse a un lugar más seguro hasta tener suficiente información sobre dónde y cómo sería el próximo encuentro con el enemigo.

La cabecilla reunió a todos los laderenses para transmitirles la noticia de propia voz.

—Debe venir de la tienda del cabeza de guerra —Dijo Okäni, susurrándoles a Lögit y Ëinir.

Los dos muchachos se miraron entre ellos sorprendidos y luego a Ära, pero ésta hizo un expresivo gesto de cara que transmitía aprobación para la cabecilla, al tiempo que recriminaba a los muchachos por escandalizarse. En ese instante, la cabecilla miró hacia los muchachos sin demasiada curiosidad.

—¿A dónde nos dirigiremos? —Le preguntó Okäni, disimulando e iniciando una conversación sobre la que todos pudieran centrar su atención.

—A una población cercana, no sé su nombre. Parece ser que, por estrategia militar, si nos ubicamos allí le daremos protección —Contestó la cabecilla.

—¿No vamos a perseguir a los hiperterian y a acabar con ellos? —Preguntó Lögit.

—Ni lo vamos a hacer ni tengo ningún ansia por hacerlo. ¿No has visto bastante sangre y muerte ya? — Le replicó la cabecilla—. Cuanto más tiempo pase hasta el próximo combate, por mí, mejor.

—Sí, cierto, mejor evitar más muertes —Recapacitó Lögit.

—Entonces id a recoger vuestras cosas y volved aquí lo antes posible. Nos replegaremos y seguiremos a los hermanos de guerra hasta nuestra nueva ubicación.

En unas pocas horas, todos iniciaron la marcha formando una columna de enormes dimensiones que producía una humareda visible a gran distancia. El camino llevó parte del día y toda la noche, tomando prestadas horas a la madrugada siguiente. El destino fue un campamento improvisado cerca de la población más cercana, Barä-Escä, una villa de buen tamaño que agradeció la presencia de las tropas, tanto regulares como irregulares.

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