La prueba

—Vale, vale... ya está, ya está —Dijo Lögit a Ära y Ëinir—. Vamos atrás.

Los tres muchachos, que estaban en la parte baja de un enorme montículo de piedras, se retiraron unos cuantos metros hasta situarse detrás de un tronco seco y tumbado bastante grande. Allí, se sentaron en el suelo asomando sus cabezas y mirando al cúmulo de piedras.

—No deberíamos perder el tiempo con tonterías, el grupo se nos va a escapar —Dijo Ära.

—Anda, calla, Arïta, vamos a ver que pasa —Le contestó Lögit—. ¿Estáis preparados?

—Venga, va —Le contestó Ëinir—. Acaba ya y vámonos.

—Atención —Dijo Lögit haciendo una pequeña pausa de unos segundos y levantando su mano, tras lo que gritó—: ¡Lögit!

Los tres jóvenes miraron al montículo. Nada pasó, salvo que unas piedras y parte de la arena se movieron con timidez. Un par de segundos después, el movimiento en la parte baja del montículo volvió a producirse, algo más notable. De inmediato se produjo una explosión de tierra y pequeñas piedras que salieron disparadas, abriendo camino a algo, que a la velocidad de una flecha, se acercaba hacia los chicos. El objeto se lanzó directo hacia la mano de Lögit, ante la cual frenó casi en seco como ningún pájaro puede hacer, apenas empujando un poco el brazo hacia atrás. Sin siquiera pensarlo, Lögit cerró por instinto la mano para agarrar su martillo, y sonriente gritó:

—¡Jaaaa! ¿¿Lo habéis visto?? —Y con voz muy dulce, como quien se dirigiera a un cachorro, le dijo a su arma—: Buen chico, Lögit, bien hecho pequeñín.

Tanto Ära como Ëinir no podían creer lo que habían visto, un martillo acudiendo a la llamada de su dueño. ¿Cuál sería el próximo truco? ¿Enseñarle a traer un palo?

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