La marcha

A quella noche, cuando el resto de laderenses estaba ya durmiendo, el erudito se las apañó para acercarse a la cabecilla y separarla del grupo sin que nadie se percatara de ello.

—Tus secretos y forma de buscar discreción siempre consiguen inquietarme, Ogän. ¿Qué ocurre ahora?

—Señora mía, creo que ha llegado el momento —Se limitó a decir el erudito.

—¿El momento de qué, Ogän? —Preguntó ella extrañada.

—El momento de liberaros de mi presencia, tal como acordamos en la ladera.

—¿Vas a marcharte? —Dijo sin perder la sorpresa, la cabecilla— Creí que habías dicho que te limitarías a no combatir.

—Y a ayudaros, pero no aquí. A todos los efectos mi misión aquí ha terminado.

—¿No vas a decirme a dónde te diriges?

—No es necesario que lo sepáis todo, mi señora.

—No, no lo es, pero mostrarte misterioso no es tan atractivo como crees —Dijo ella, tras lo que meditó un instante y añadió—: ¿No vas a despedirte de los demás?

—Será mejor no proceder así, nos evitaremos una secuencia de preguntas y despedidas que ocuparían la mitad del día.

—¿Eres consciente que muchos de ellos se han llegado a acostumbrar a tu presencia?

Él sonrió y añadió: —Entonces ha llegado el momento de liberarlos de tanto pesar.

—¿Volveremos a verte, Ogän?

—No lo dudéis, Erän. Tarde o temprano.

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