La huida

La confianza entre Sörig e Ïrium había fraguado hacía ya algún tiempo. Sus vidas se habían entrelazados y ya no existían secretos entre ellos. Para él, ella era lo mejor que le podía haber pasado jamás, todo en ella lo embriagaba: su olor, su tacto y su calor. Era una mujer única entre un millón y hasta su poderoso martillo carecía de importancia a su lado. Sin ella, su vida dejaría de tener sentido alguno.

Sörig ya estaba acostumbrado a convivir con ella y le gustaba la rutina cotidiana que ambos habían creado. La espera entre el primer ataque y el que estaba por llegar se habían convertido en un oasis de felicidad dentro de la vida de Sörig, algo que querría conservar para siempre.

Él, bastante más tranquilo que ella, era siempre el primero en ir a dormir. Ella realizaba unas extrañas actividades que la obligaban a acostarse más tarde. Él las consideraba pequeñas excentricidades y no les daba mayor importancia. Otro de los detalles que le sorprendían de ella era su curioso sueño, el más profundo que había presenciado jamás, demasiado incluso para un muerto. Las primeras veces que la contempló dormida llegó a asustarse, creyó yacer junto a un cadáver.

Sin embargo, al despertarse se levantaba risueña como una cría y sonrosada como una flor.

—Sörig —Dijo Ïrium en medio de la noche, con voz susurrante.

—¿Qué?, ¿qué?, ¿Qué ocurre, Ïrium? —Fue lo primero que dijo Sörig al despertar, desconcertado por ser arrancado del sueño y por ver a Ïrium despierta y vestida a esas horas.

—Hay algo que debo enseñarte —Le dijo con mirada preocupada, Ïrium.

—¿Ahora? ¿No puede esperar a mañana? —Preguntó Sörig.

—Sörig, tienes que venir conmigo, ahora, es muy importante.

—Espera un momento, déjame incorporarme. —Pidió Sörig.

—Tenemos que salir de aquí de inmediato, en completo silencio, nadie debe vernos y nadie debe saberlo —Le dejó muy claro Ïrium.

Sörig mostró preocupación al tiempo que no acaba de comprender lo que estaba ocurriendo—. Por favor, lleva a Ënzir contigo, tengo miedo

—Le suplicó Ïrium.

—Pero... —Intentó articular Sörig cuando ella le interrumpió.

—Por favor, prométemelo, te lo suplico —Le rogó Ïrium con los ojos casi bañados en lágrimas.

Sörig se alzó y se vistió, tomó su martillo y se acercó a Ïrium, la miró y esperó a que le indicara qué hacer.

—Ven, ven conmigo, Sörig. Sígueme y no hagas ningún ruido. Nadie debe oírnos —Le dijo Ïrium con una voz casi hipnótica.

Ella fue la primera en salir de la tienda, moviéndose en la noche con mucho cuidado. Le hizo a él un gesto y éste fue tras ella tratando de ser tan silencioso como ella. Por fortuna estaban bastante cerca de una de las salidas laterales del campamento, lo que evitaba que tuvieran que atravesarlo por completo. —El vigilante —Pensó Sörig, él podría verlos, y de inmediato dirigió su mirada hacia la pequeña torre de madera de la salida, pero el vigilante no estaba, no parecía haber nadie allí. Aquello no era lo habitual.

Tras cruzar la puerta del campamento, Ïrium extendió su mano ofreciéndosela al muchacho mientras esperaba a que él llegara hasta ella. Cuando las estrecharon, ella lo guió hacia el horizonte donde la vegetación se volvía más espesa, estuvieron caminando durante al

menos una hora.

—¿A dónde nos dirigimos, Ïrium? —Preguntó preocupado, Sörig.

—Tienes que verlo, Sörig, tienes que verlo, no queda mucho por llegar —Le contestó Ïrium.

Después de unos minutos, Ïrium se detuvo y Sörig, que necesitaba respuestas, la miró a los ojos tratando de obtenerlas.

—Mira, ahí está —Le dijo Ïrium señalando a un hueco en la tierra.

Sörig se acercó al agujero para inspeccionarlo y vio que era grande como una puerta y profundo como para ocultar la cintura de un hombre.

—Aquí me enterrarás cuando acaben conmigo —Le dijo ella con los ojos húmedos.

—Nadie va a hacerte nada, Ïrium, ¿quién quiere hacerte daño? —Le preguntó él con expresión de preocupación mientras la sujetaba por los brazos.

—Ellos quieren matarme, los hermanos de guerra, tengo que huir de ellos —Le confesó ella.

—¿Por qué quieren hacerte daño? —Le preguntó Sörig creyendo que su cordura había empezado a resquebrajarse.

—Quieren cortar mi cuello, necesito que me protejas, por favor, ¿lo harás? —Le rogó Ïrium desesperada y entregada a las lágrimas.

—No dejaré que nadie te haga daño jamás, daría mi vida por ti —Le contestó él, solemne, con la convicción de un poseído.

Ella, emocionada, se le acercó y situó sus manos sobre sus mejillas, besándolo con dulzura y extendiendo sus brazos para poder abrazarlo por el cuello. Él correspondió el gesto, tomándola por la cintura y estrechándola hacia sí.

—Me haces daño, Sörig, el martillo, suelta a Ënzir y tómame sólo a mi —Le pidió ella.

Él obedeció de inmediato y dejó caer el arma sobre la tierra y plantas que había por doquier. Al sentir las dos manos del muchacho en su cintura, ella volvió el beso mucho más apasionado y empezó a acariciar el pelo de él. Ïrium separó un instante sus labios de los del muchacho y le dijo:

—Sí, sé que morirías por mí.

En ese instante, el joven sintió un leve pinchazo en su nuca y acto seguido notó como su cuerpo, raudo, le empezaba a abandonar. Sin comprender lo que ocurría, la miró con sorpresa, pero ella lo seguía sujetando y volvió a besarlo con dulzura, como si realmente lo amara, y estuvo así hasta que la vida de Sörig se extinguió entre sus brazos y sus labios.

Con mucho cuidado depositó el cuerpo del muchacho en el suelo y lo llevó hasta el hoyo. Allí cubrió su cadaver con tierra y a ésta con hojas y alguna planta, para que no se distinguiera del resto del terreno.

Con las manos todavía sucias de tierra se dirigió hacia el martillo, y casi con ternura, con su índice acarició a éste desde el mango hasta la cabeza.

—Hola, Ënzir. ¿Quieres unirte a mí? Te están esperando muchas aventuras. Tú y yo tenemos que hacer caer a unos cuantos poderosos —Le dijo ella como si le hablara a su propio hijo.

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