La gruta

Siendo un mero agujero en la roca, la gruta daba la sensación de estar esperando el encuentro más que a los tres visitantes. Ni la más mínima curiosidad era motivo para adentrarse en ella. Estando tan cerca de su objetivo, sintieron que cualquier excusa hubiera sido válida para evitarla, pero ninguna vino a rescatarles. Como si salvar sus propias vidas no fuera suficiente justificación.

Remolonearon durante un rato y, viendo lo ridículo de la situación, uno de ellos dijo:

—Si esto es una madriguera no quiero saber qué tamaño tendrá lo que se esconde aquí dentro. Ni una manada de ridguns hambrientos se enfrentaría a semejante bestia —Dijo el hombre.

—No debe ser carnívoro, no se ven huesos cerca de la entrada —Le contestó el muchacho.

—Tal vez se los come de un bocado —Le replicó el hombre.

El muchacho lo pensó un momento y añadió: —Tampoco parece haber heces.

—Por suerte para nosotros —Contestó la muchacha.

—Tal vez se comió sus propias heces y tal vez se nos comerá también a nosotros. Cuando eso ocurra, recuerda olerle el aliento para saber si es un come-heces o no —Dijo el hombre, enervado.

El hombre y el muchacho se quedaron mirando el uno al otro y la muchacha a ambos, hasta que el mayor dijo:

—No queremos entrar, ¿verdad muchachos? Me encantaría quedarme aquí con vosotros discutiendo sobre ese bicho y lo que come, pero no nos queda otra, debemos ir adentro y verlo con nuestros propios ojos. —Añadió a modo de triste confesión.

El hombre se arrancó un trozo de sus ropajes y lo enredó sobre unas ramas secas y negruzcas que no tardó en encontrar, y que después repartió. Bastante abatidos, los tres se situaron en la entrada de la cueva y, con dificultad, encendieron sus improvisadas antorchas. Tres pares de ojos, los más curiosos y cautos jamás conocidos, despacio, empezaron a asomarse hacia el interior de la gruta. Tras introducir sus cabezas, sus cuerpos les siguieron con timidez y sin prisa alguna. Los primeros pasos fueron los más torpes y los que les siguieron no fueron mucho más hábiles, el terreno era irregular y poco practicable.

—La luz se está desvaneciendo rápido —Dijo el hombre.

—Y junto a ella, nuestras esperanzas —Añadió la muchacha.

El hombre y el muchacho se miraron, y el primero le dijo a la chica:

—Deberías haberte dedicado a recitar poesía, en lugar de venir tan lejos a morir.

—Si salimos de ésta os prometo un poema —Le contestó ella.

—Entonces, adiós poema —Replicó el hombre, añadiendo—: Encantado de no haberos conocido, cómo quiera que os llaméis.

La poca luz que emergía de las antorchas, a duras penas cumplía su labor y no les evitó empaparse los pies con el primer charco oculto que encontraron, ni con los siguientes. Tardaron poco en descubrir que no se escondían allí sólo charcos. Con la ayuda de sus espinillas fueron sintiendo la dolorosa presencia de algunas rocas más grandes.

—Cuidado, aquí hay un pequeño salto —Les advirtió el hombre, que iba delante, al tiempo que se dejaba caer apenas un metro.

Tras él le siguieron los dos muchachos, y al hacerlo, con el salto de uno se esparció gran cantidad de polvo, haciéndolos toser a todos.

—¿Qué has hecho, muchacho? —Preguntó el hombre.

El joven acercó la antorcha al suelo para averiguar que había ocurrido.

—Creo que he pisado algo. Son setas —Respondió el joven.

—No las chafes todas, muchacho, déjale algunas al bicho, para que tenga con que acompañarnos cuando se nos coma —Finalizó el hombre.

A partir de ese momento, los únicos sonidos que se oyeron fueron sus pisadas y esporádicos lamentos de encontronazos con rocas poco visibles. Continuaron avanzando durante un buen rato, hasta perder la noción del tiempo.

—¿Oís ese ruido? —Preguntó el hombre—. Suena como a tambores.

—No, no oigo nada. —Replicó la muchacha.

—Hay algo que se mueve, pero no lo oigo —Añadió el muchacho.

—Sí, son tambores y se están acercando —Se reafirmó el hombre.

—¡Ahí, ahí arriba! —Señaló la joven—. Brillan, hay muchas.

—No hay nada ahí arriba, están por aquí, rodeándonos —Corrigió el muchacho.

—No veo nada de lo que me decís —Les contestó el hombre.

—Son arañas luminosas, cayendo sobre nosotros desde arriba —Trató de explicar la muchacha.

—No, no, son una especie de criaturas oscuras, bailan alrededor nuestro —Corrigió el joven.

—Me vais a volver loco, yo sólo oigo tambores y veo esa luz del fondo —Les dijo el hombre.

—Sí, la luz sí la veo. —Dijo la muchacha, más calmada.

—Yo también la veo. —Añadió el joven.

—Bien, pues si en esto estamos de acuerdo, vayamos hacia allá antes de que vuestros fantasmas nos atrapen —Les sugirió el hombre.

Todavía con mucha torpeza y no con escasos golpetazos, los tres se apresuraron en dirección a la luz rojiza que, al irse aproximando, crecía en tamaño y calidez. Poco a poco fueron descubriendo que se trataba de una línea en el horizonte, gruesa y quebrada, un extraño río rojo que cortaba la oscuridad.

—Esperad, ahí hay algo más, ¿podéis verlo? —Les preguntó el hombre.

—Yo también lo veo, aparte de las arañas —Confirmó la muchacha.

—Dos ojos y una sonrisa —Completó el muchacho.

—La más amenazante que jamás haya visto —Dijo el hombre, sin poder apartar la mirada.

—No veo ningún iris en sus ojos —Confesó la muchacha, con cierto temor.

—Tal vez sea una bestia ciega, como un topo —Trató de suponer el muchacho.

—No, esos ojos nos están mirando, nos han visto antes incluso que nosotros a ellos — Dijo el hombre con pleno convencimiento.

—¿Qué hacemos? Ahora lo de huir no me parece una idea tan mala, en mi pueblo lo entenderán —Dijo la muchacha.

—En el mío también son muy comprensivos —Se adhirió el muchacho.

—Esa bestia nos estaba esperando, ¿salir corriendo? Nos daría caza en un instante. Además, no iríamos muy lejos con todas estas rocas.

Sólo hay un camino y es hacia ella. —Aclaró el hombre.

—Pareces muy convencido —Le inquirió dubitativa, la muchacha.

—Niña, de aquí salimos como heces de esa bestia o con la mejor historia que jamás le podrás contar a tus nietos —Le aclaró el hombre.

Los dos muchachos se miraron entre sí y decidieron seguir al hombre, quien ya había reanudado la marcha hacia la enigmática figura. Transcurrió un tiempo indeterminado, un intervalo que pareció interminable durante el cual, a cada paso, se incrementaban los latidos de sus corazones y el tamaño de los ojos que les observaban.

—Es muy grande —Susurró el muchacho al hombre.

—Esa cabeza debe ser mayor que dos osos, uno encima del otro —Le devolvió el susurro, el hombre.

—Ya no me preocupan las arañas —Confesó resignada la muchacha.

Los últimos pasos fueron los más lentos y prudentes, ralentizaron el momento, evitando el más mínimo espaviento o brusquedad, como si de ese modo fueran a congelar el tiempo. Cuando llegaron hasta el río rojo, con cierto consuelo descubrieron que era una hendidura bastante ancha y profunda donde la roca fundida le daba su característico color, deslizándose casi con la fluidez del agua. Muy, muy despacio se acercaron al borde del río mirando hacia él y hacia el ser que les esperaba. Había tanto por lo que sorprenderse que no podían centrarse en sólo una cosa.

En ese momento, la respiración del oscuro ser fue por un instante más profunda de lo habitual, sonando grave e intensa y alarmando a los tres humanos. Ante tal situación, el hombre decidió que había llegado el momento de intervenir y habló a la bestia.

—Hemos venido a negociar —Le dijo con voz firme, pero tensa.

Los dos inmensos ojos, formados por una luz intensa, deslumbraban a los presentes, quienes sólo podían imaginar el contorno de la enorme cabeza y lo que pudiera haber tras ella. Ante las palabras del hombre, la mirada del ente se dirigió y centró en él, esperando. Éste no supo bien como reaccionar y se limitó a devolver la mirada, también a la espera.

Tras unos segundos, la enorme boca se abrió y de forma repentina aspiró con la fuerza de un torbellino, atrayendo al hombre hacía sí, quien, sorprendido, se vio arrastrado y sin poder reaccionar, cayó al río de fuego gritando como única despedida. El horror poseyó a los dos muchachos, quienes aterrados apenas podían comprender lo que estaba ocurriendo. Los luminosos ojos se estaban centrado en ellos, de nuevo a la espera. Temiendo un mismo desenlace para ambos, el muchacho decidió jugar una desesperada carta y habló a la bestia con más miedo que convicción:

—Dijeron que nos estaríais esperando —Le dijo al ser.

Los grandes ojos se entornaron y acercaron hacia él, quien empezaba a notar el cálido aliento de la criatura. Sabiendo que su fin estaba cerca, el muchacho intentó ir más allá y añadir algo que le diferenciase del hombre, pues poco le quedaba ya por perder.

—...mi Señor —Concluyó, al tiempo que bajaba la cabeza para enfatizar su respeto.

El acto del joven influyó en el oscuro ser, sus ojos cambiaron de semblante y retrocedieron unos metros.

—Nos es grato comprobar que algunos humanos todavía mostráis el debido respeto —Sonó la voz del ente, penetrante, cálida y cavernosa, fuerte como el rugido de un coro de osos hambrientos.

Los cuerpos de los muchachos oscilaron atravesados por las palabras del ser, y no fueron los únicos; las rocas del cielo de la caverna

también vibraron, llegando a desprenderse algunas de ellas, cayendo peligrosamente cerca de los jóvenes. Tras la involuntaria demostración de poder, la bestia añadió:

—Podéis hablar con nos, actuaremos como si no supiéramos a qué habéis venido.

—¿Sabéis lo de las armas? —Preguntó el muchacho, y tras unos segundos tensos donde la descomunal mirada quedó clavada en él, recordó añadir—: Mi Señor. —Aliviándose al contemplar que el formalismo relajaba la severidad de los grandes ojos.

—Pareces sorprendido, muchacho —Dijo el gran ser.

—Todo en vos es tan sorprendente, mi Señor. —Contestó el muchacho con una alabanza sincera, y añadió—: Me dijeron que nos escucharías, que seríais razonable, mi Señor.

—Y no te engañaron —Le confirmó la oscura criatura.

—¿Entonces tenemos un pacto, mi Señor? —Preguntó con gran incredulidad, el joven.

—Lo tendremos tras oírlo de tus propias palabras, debe salir de tu boca, y nos lo haremos real —Le explicó el gran ser.

Había llegado hasta el punto de no retorno, con sólo unas palabras iba a cambiar el destino de su pueblo y nada volvería a ser como antes. La euforia se transformó rápido en nostalgia y sintió el peso de su responsabilidad como un yunque sobre la espalda. Ya no le quedaba mucho para acabar y decidió que lo haría con valor, alzó la voz y declamó:

—¡Cuatrocientas tres espadas para el clan del valle, mi señor! ¡Trescientas setenta y cuatro mazas para los habitantes del río y trescientas trece hachas para nuestros hermanos del bosque! ¡En las laderas, doscientos sesenta y cuatro arcos con sus flechas bastarán para unos y doscientas quince unidades de fuego vivo para los otros!

Por un segundo, con la mirada perdida, quedó ensimismado pensando en lo que había hecho, al tiempo que recordó sus modales.

—...Mi Señor! —Concluyó sin dejar de mirar a la nada. La criatura se mostró muy complacida y forzó cerrar el trato con una última

pregunta:

—¿Y vosotros... Hombres Libres? ¿Qué armas deseáis?

El joven volvió a la realidad de un golpe, como despertado de un sueño profundo. ¡Era cierto! Con la intensidad del momento había olvidado nombrar a su propio pueblo. Con su seguridad maltrecha, pero decidido hasta el final, habló con la serenidad de quien se dirige a un niño perdido. Con una triste mirada apuntó a los ojos del demonio y concluyo:

—¿Nosotros, mi Señor? ... Sólo martillos... sólo ciento cuarenta y tres martillos.

Tal vez lo imaginó, pero oyó como el golpe seco de un bloque muy pesado reverberado por la caverna. Rápido y de inmediato, su interlocutor finalizó:

—¡Así sea!

La gran faz retrocedió con mucha rapidez, oyéndose el llanto de cientos de niños durante un segundo. El río de fuego se elevó como si fuera una catarata que caía hacia el cielo, solidificándose el fuego en una roca oscura y densa, obstruyendo el resto del paso. Ahora ese era el fin de la gruta y lo más curioso fue que la reciente pared estaba tan fría como si se encontrara bajo la lluvia. Por supuesto, al desaparecer el fuego, la oscuridad más absoluta ocupó su lugar.

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