La estancia

Barä-Escä acogió con especial cariño a quienes consideraba sus protectores. Sus habitantes hicieron todo lo posible para que se sintieran como en su propia casa durante los diecisiete días que permanecieron allí. Algunos de los laderenses, al no estar sometidos a la férrea disciplina militar, lo recordarían siempre como una estancia idílica. Por primera vez tuvieron tiempo exclusivo para su ocio.

Ära se volvió una habitual del mercadillo que se organizaba cada dos días. Le encantaba pasear por la tortuosa calle en la que se amontonaban los puestecitos, disfrutar de su ambiente y de la belleza de toda la artesanía que allí se encontraba. Joyas, vestidos, perfumes y refinamientos que nunca hubiera imaginado se desplegaban ante ella con la naturalidad con la que las flores se abren al sol.

—Ära —Dijo Ïrium, a cierta distancia tras ella.

—¡Ära! —Gritó de nuevo Ïrium, al no captar su atención la primera vez.

—Hola Ïrium —Dijo Ära sonriendo, tras verla al girar la cabeza—. Ven, mira estas joyas.

—Son preciosas, ¿vas a comprar alguna? —Preguntó Ïrium.

—No, no, esto es para las mujeres de aquí. No encajan conmigo

—Contestó Ära con humildad—. Además, estos mercaderes saben mucho más de dinero que yo.

—¿Cómo que no? Tienes que probarte alguna —Le recriminó con alegría, Ïrium.

—Bueno, hay un mercader con unos collares preciosos que viene de vez en cuando. Tal vez me anime la próxima semana —Confesó, Ära.

—Claro que sí, Ära. Además, esta pobre gente tiene que ganarse la vida de alguna manera, ¿no? —Dijo Ïrium buscando la aprobación.

—Sí, por supuesto —Contestó Ära, tras ser consciente de ello por primera vez.

—Y tienen que vender mucho para que les quede algo después de pagar todos los impuestos —Insistió en el tema, Ïrium.

—Sí, pobre gente —Dijo Ära preocupada, aunque desconocía por completo qué eran los impuestos.

—Tienen que pagar dinero a los gobernantes y al ejército —Le explicó Ïrium descubriendo la ignorancia tras la expresión de Ära.

—También tienen que ganarse la vida —Dijo Ära sin habérselo pensado demasiado.

—No, esos parásitos no hacen sino aprovecharse del pueblo —Le aclaró Ïrium.

—Los hermanos de guerra les defienden de las amenazas, ¿no? —Intentó argumentar Ära.

—¿Dónde has oído decir eso, Ära? ¿Tú crees que los hermanos de guerra son capaces de defender a nadie? Si no hubierais combatido vosotros, los hiperterian habrían arrasado con todo. ¿Para eso trabajan y sufren estas buenas gentes? —Sembró la semilla, Ïrium.

—Claro —Contestó sorprendida por la reflexión, Ära.

—Esos gobernantes sólo saben beber, engordar y pagarse furcias con el dinero que les roban a las gentes. Pero ellos lo llaman impuestos, es más elegante —Dijo casi susurrando Ïrium.

—¿Y quien organizaría las cosas? —Preguntó Ära con auténtica intriga.

—¿Vosotros no elegís a vuestros cabecillas? —Preguntó de forma capciosa, Ïrium.

—Sí, a alguien de confianza y experiencia —Le explicó Ära contenta de tener una respuesta correcta, al menos a una de las preguntas.

—Pues esta buena gente no, tienen que obedecer a la hija de alguien que es hija de alguien que es hija de alguien que dice la leyenda que tiene sangre de los dioses. ¿Tú crees que eso es verdad?, ¿crees que es justo? —Acabó de adoctrinar, Ïrium.

—Vaya, pobre gente —Dijo Ära con cara de preocupación tras haber descubierto un mundo que ignoraba.

—Pero no hablemos de cosas tristes. ¿Sabes?, tengo algo para ti —Le dijo Ïrium con una encantadora sonrisa.

—¿Ah, sí?, ¿de qué se trata? —Preguntó llena de curiosidad, Ära.

—Tengo una de vuestras espadas. La encontré en el campo de batalla y quiero devolvérosla —Le confesó Ïrium.

—¿No quieres quedártela? — Preguntó extrañada, Ära. Ella había codiciado el martillo Ïrcum, y ahora no querría desprenderse de él por nada del mundo.

—No, es una espada hermosísima, pero no me pertenece. Es vuestra y debéis tenerla, no importa lo que yo quiera. Además, no sé como controláis vuestras armas —Dijo Ïrium.

—Bueno, habría que conocer su nombre para poder invocarla, después ella sola se encarga de luchar por ti. Pero sólo el erudito sabe leer los nombres de las armas, se lo dijo a cada uno de sus dueños —Le explicó Ära, con toda confianza.

—¿Así de sencillo? —Preguntó sinceramente extrañada Ïrium.

—Sí, así de fácil —Contestó también extrañada de que Ïrium pareciera esperar algo más.

—¿Por qué no te acercas esta noche a nuestra tienda, de Sörig y mía? Así podré entregártela —Dijo Ïrium.

—¿Estás con Sörig? —Preguntó Ära como si no lo supiera.

—¡Por fin hablamos cosas de muchachas! Sí, estamos juntos —Dijo Ïrium volviendo a bajar la voz —Él es muy dulce, tiene la sensibilidad de un artista.

—Sí, es así —Contestó Ära, no muy convencida.

—¿Y tú, Ära? ¿No hay ningún chico que te haga suspirar? —Preguntó con una sonrisa maliciosa, Ïrium.

—Bueno, no. Hay muchos chicos aquí, pero no de esa manera —Contestó bastante sincera, Ära.

—¿Ni un poco?, ¿qué me dices de Lögit y Ëinir?, ¿no te parece apuesto Lögit? —Insistió Ïrium sin dejar desvanecer su sonrisa.

—Lögit es bien parecido y lo sabe. Es de los que espera a que se le acerquen las muchachas, no necesita ir tras ellas. Además, ahora mismo está enamorado de su martillo, así que no hay lugar para mí, por ahora —Le explicó Ära.

—No tardará en descubrir que su arma no hará sus noches más cálidas —Contestó Ïrium al tiempo que le guiñaba un ojo a Ära.

—Esperemos que no, aunque últimamente ya no me extrañaría nada que oyera sobre él y su martillo —Bromeó Ära, aunque agradeció el gesto de complicidad y preocupación de Ïrium.

—He de irme pero, por favor, acércate cuando quieras a nuestra tienda y te daré la espada. Me alegro de que Sörig tenga una amiga como tú.

Ära se despidió con la mano, sonriente por la grata conversación que había mantenido. No acostumbraba a tratar esos temas de muchachas, como lo había llamado Ïrium, pero agradeció poder hablar de otras cosas que no fueran las típicas que preocupaban a Lögit y Ëinir, así que, durante los siguientes días, volvió a coincidir con Ïrium en varias ocasiones para charlar y pasear por el mercadillo.

Puedes comprar el libro por sólo 1€