La duda

Al principio Ära no dio mucha importancia al hecho de no encontrar a Ïrium por ninguna parte, ni a ella ni a Sörig. Un día antes de la marcha seguía sin ninguna noticia de los dos y empezó a pensar que algo no marchaba bien. A un día para partir, Ära comenzó a sentir una profunda inquietud por la falta de su amiga.

Hacía tres días que no sabía nada de ella ni de Sörig, nadie los había visto, en la cabaña simplemente no estaban. Parecía que se los hubiera tragado la tierra.

La muchacha preguntó a todo el mundo por la desaparecida pareja, pero nadie pudo aportar nada. Habló con Lögit y con Ëinir y también con la cabecilla. A todos ellos les transmitió su corazonada, estaba convencida que algo les había ocurrido y que los hermanos de guerra estaban tras ello, pero ninguno de los tres compartía su opinión. No es que no la creyeran, pero todos pensaron que lo más probable era que los dos pichones se hubieran cansado de la guerra y empezado una nueva vida, mucho más al norte, una vida sin sobresaltos.

Ära buscaba una evidencia, algo que confirmara su hipótesis, así que decidió no respetar la cabaña de la pareja. Entró en ella y buscó cualquier cosa que pudiera ayudarle a esclarecer la situación. Estaba claro, no había ningún arma por ahí y, por supuesto, ese sería un móvil irrefutable, pero no era el único. Casi todas sus modestas pertenencias estaban allí, cualquier cosa que pudieran necesitar para un viaje lo habían abandonado y, lo más importante: sangre. Había algo de sangre en el suelo de la tienda. ¿A quién pertenecería, a Ïrium, Sörig, a ambos o a alguno de los hermanos de guerra que los hubiera asaltado?

Ahora sí, Ära buscó a la cabecilla y a algunos laderenses más y les explicó lo que había encontrado. Les acompañó a la tienda para que pudieran comprobarlo y exigió justicia para ellos: los hermanos de guerra debían pagar su crimen.

—Hablaré con el cabeza de guerra —Les dijo la cabecilla, al ver la sangre.

—¿Hablar?, debemos buscar al culpable —Contestó indignada Ära.

—¿Y cómo vamos a buscarle?, ¿sabes cuantos hermanos hay en el campamento? — Replicó la cabecilla.

—Podría ser un ladrón —Añadió Lögit.

—¿Y cómo podría un ladrón colarse en el campamento? —Contestó Ära—. Tienen que ser los hermanos de guerra, ellos quieren nuestras armas.

El resto de presentes se miraron entre ellos y a las armas que portaban. No era descabellado lo que afirmaba la muchacha.

—Si quieren las armas, no tiene sentido robar la de Sörig. Sin el nombre no les servirá de nada. Puede que hayan sido algunos hermanos de guerra, pero si los oxänos hubieran decidido robarnos las armas, hubieran intentado algo a mayor escala —Razonó la cabecilla.

—Por algún sitio tenían que empezar —Añadió Ära.

—Déjame hablar con el cabeza de guerra, si ha sido alguno de sus hombres lo colgarán —Le respondió la cabecilla.

—O lo condecorarán —Le respondió con vehemencia Ära, al tiempo que se marchaba de la tienda, al comprender que no iba a convencerlos.

—¿Crees que han sido ellos? —Preguntó Ëinir a la cabecilla.

—No lo sé, pero fíjate: si es cierto que hay sangre, no es menos cierto que es muy poco abundante y no deja ningún rastro. Parece más bien de una herida casual. Si fuera un asesinato debería haber sangre por todas partes —Le respondió.

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