La diezma

Los cuerpos de los hombres responden de forma diferente ante las penurias, pero todos éstos se vieron afectados por la frecuente lluvia y el frío que encontraron. El que menos, experimentó dolencias y dificultades, los que más, fueron presa de la enfermedad, la cual había decidido llevarse su parte del pastel.

Un hombre y una mujer sensatos se habían marchado y dos hombres y dos mujeres habían decidido continuar el viaje. La mitad de ellos eran bastante jóvenes, mientras que de la otra mitad no se podría decir lo mismo. Excepto el muchacho, el resto de ellos se vio afectado por dolores, sudores, frío y algún que otro malestar. De los cuatro, la mujer mayor fue la que más acusó el castigo de las inclemencias.

La fiebre la había convertido en un caldero convaleciente, incapaz de caminar, manteniendo al grupo detenido y mal resguardado durante tres días. No había forma de combatir al frío y al agua que siempre conseguían alcanzarles. Llegaron a creer que el terreno había sido diseñado para tal efecto.

Fueron sólo tres días de pausa, porque la fiebre no necesitó más tiempo para consumir a la mujer. Los otros dos enfermos no pudieron ayudar mucho y el joven ignoraba como combatir la dolencia. Sin mucha ceremonia, y sin palabra alguna, le dieron sepultura en alguna parte del camino, lo imprescindible para que no la devoraran las alimañas.

Sin dejar de estar sometidos a las bajas temperaturas y el agua, pero un poco más recuperados, reiniciaron el trayecto más callados y cabizbajos que antes. Sin llegar a hablarlo con los otros, cada uno llegó a cuestionarse si no debería haber sido el tercero de los que abandonaron esa locura. Los dos jóvenes habían visto por primera vez el rostro de la muerte y esa imagen les acompañó durante buena parte del trayecto. Se había presentado sin invitación alguna y había quedado prendada de ellos.

Como no hay mal que cien años dure, un día, tan poco especial como los otros, llegaron a su destino, así de sencillo. Las inclemencias del viaje dejaron paso a mayores preocupaciones.

El lugar donde habían acabado estaba especialmente desolado, apenas unos árboles quemados contados con los dedos de la mano de un gangrenado. Ninguna vegetación ni tierra para alimentar, sólo roca dura, redondeada por el paso de muchísimos años. Nadie había vivido allí y tal vez nadie había estado antes. Allí no había nada, menos que en ninguna parte. Exploraron un poco el terreno y no tardaron en encontrar lo que buscaban: una gruta. Ni siquiera estaba escondida, cualquier la podría haber encontrado, pero no había rastro de vida alguna, ni entonces ni la había habido nunca.

—¿Qué clase de demente vive en una gruta? —Se preguntaron—. Sólo las alimañas. —Con temor se acercaron a la entrada y, viéndola tan profunda, el mayor de todos, con la voz tomada murmuró:

—Entraremos mañana.

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