La celebración

Las estrellas llevaban unas pocas horas exhibiéndose en el cielo cuando la celebración se inició en algún lugar del campamento hiperterian. El cabeza de guerra no consideró muy imprudente acampar en el propio campamento enemigo, asumiendo el riesgo de un improbable contraataque. El recién tomado campamento era bastante extenso, eso permitió que los hermanos de guerra pudieran celebrar su victoria, ruidosa por naturaleza, sin llegar a molestar el sueño de los que no encontraron ánimo para participar. Pero el sueño de los laderenses no tenía por enemigo la bulla de los celebrantes, sino sus propias inquietudes.

Ëinir, acostado en una tienda que compartía con Ära y Lögit, como solía ser habitual, apenas se movió para no despertar a sus compañeros. Algo tan sencillo como eso le conllevó un gran esfuerzo, pues en su interior sentía una gran angustia y agitación. Después de más de una hora luchando contra sus pensamientos, decidió cambiar de estrategia y dar un solitario paseo nocturno. Al levantarse, oyó la voz de Ära preguntándole:

—¿Ëinir? ¿No puedes dormir?

—La verdad es que no, no consigo calmarme —Le contestó él, sorprendido, pues creía que ella estaría entre sueños.

—¿Vosotros también? Me alegro de no ser el único —Dijo Lögit dirigiéndose a ambos, quienes se extrañaron al descubrir que él tampoco había conseguido conciliar el sueño.

—Necesito algo que me impida pensar, iba a pasear y contemplar la noche —Explicó Ëinir a los otros dos muchachos.

—Creo que es una buena idea, voy a acompañarte —Le contestó Ära.

Él tenía pensado ir solo y no creía que la compañía fuera a ayudarle, pero no quiso negarse y permaneció de pie, esperando a que ella se le uniera.

—Sí, será mejor que os acompañe —Les dijo Lögit.

Cuando los tres estaban ya en pie, Ëinir se dirigió a la salida de la tienda y los otros dos muchachos le siguieron. Apenas unos segundos después, Lögit añadió:

— Claro que... podríamos ir a ver la celebración de los hermanos pavos estos, ¿no?

Ära y Ëinir se miraron no muy convencidos, esperando una respuesta el uno del otro, pero sin llevar la iniciativa ninguno de los dos, al final Ära le contestó:

—De acuerdo, veamos como se divierten, pero tengamos cuidado.

—Arïta, son ellos los que deben llevar cuidado ahora. ¿No te has dado cuenta de que seremos los más peligrosos del evento? —Le aclaró Lögit mientras daba unas palmaditas a su martillo, el cual llevaba colgado del cinturón.

—Llevas razón —Le contestó Ära. Tanto ella como Ëinir todavía no habían tomado consciencia de la nueva situación, parecía que lo ocurrido en el combate les hubiera pasado a otras personas, como si ellos fueran tan vulnerables como antes de poseer las armas.

Tardaron apenas unos minutos en seguir el rastro de bulla que les condujo hasta el grueso de la celebración. Una tienda de muy grandes dimensiones se había adaptado para acoger el improvisado evento. En resumidas cuentas, los hermanos de guerra habían introducido varios barriles de gigantesco tamaño y algún mobiliario que habían traído desde su propio campamento. Al entrar descubrieron que no eran los primeros laderenses en acercarse hasta allí y, por lo visto, éstos habían empezado a beber hacía ya un buen rato.

En contra de lo que podría parecer, la división entre los laderenses y los hermanos de guerra no había creado ningún conflicto. Bajo la influencia del alcohol los dos grupos parecían congeniar más que estando sobrios. Los hermanos de guerra aceptaron de buen grado que algunos de los laderenses fueran mujeres, a las que intentaron acercarse para iniciar conversación. No quedaba claro si por alguna directriz del cabeza de guerra o tal vez por lo visto en el combate, pero los hermanos de guerra fueron bastante respetuosos y relativamente comedidos con ellas, aunque sin perder su esencia.

—¡Mirad, la cabecilla! —Dijo Lögit señalando hacia una barra precaria e improvisada, creada con unos maderos sobre los que se apoyaban algunos presentes, entre los que estaba ella, la cabecilla—. Vamos allá.

Los tres muchachos se dirigieron hacia ella sin pensárselo dos veces. Durante el trayecto, Ära, que iba la última, fue abordada por uno de los hermanos de guerra, alguien que la recordaba de verla en el frente.

—¡Eh, muchacha! —Le dijo el hermano de guerra desde cierta distancia, intentando captar su atención —!Ärung!¡Öinir!¡Rämdir!¡Rïdgun!—. Dijo él tratando de recordar qué palabras le había oído gritar cuando se inició el combate.

Al oír esta última, ella se giró de inmediato.

—Rïdgun, eso es, muchacha, ¿a dónde os dirigís tan rápidamente?

—Le preguntó el hermano de guerra.

—¿Por qué me llamas así? —Le preguntó ella.

—Rïdgun, es el nombre de vuestro clan y vuestro grito de guerra. ¿No es así? —Contestó el hermano de guerra.

—¿Qué es lo que quieres? —Le dijo ella.

—Sólo hablar, chica rïdgun, parecéis interesante y querría saber más sobre vos.

Mientras Ära iniciaba una inesperada charla con el hermano de guerra, Ëinir y Lögit ya habían llegado hasta donde se encontraba la cabecilla.

—Hola pollos —Les dijo Okäni al verlos llegar. Ellos, en cambio, hasta oírlo no se habían percatado de que estaba allí.

—Hola, ¿Ög...?¿Ög...? —Dudó Ëinir.

—Okäni, pollo, Okäni —Le aclaro Okäni.

—¿Cómo es que habéis venido? —Preguntó Lögit.

Estamos siguiendo el sabio consejo del cabeza de guerra —Les contestó la cabecilla, alzando su copa y dejando entrever algún que otro signo de embriaguez.

—Nosotros no podíamos dormir —Aclaró Ëinir.

—Mira a tu alrededor, este parece el lugar perfecto para los que no tienen intención de dormir —Les dijo Okäni, mientras con un gesto de su brazo, les mostró el ambiente que les rodeaba.

Al contemplar su alrededor, Ëinir y Lögit descubrieron a Sörig en un rincón de la tienda, acompañado de una mujer joven pero mayor que ellos.

—¡Lögit, mira allí, es Sörig! —Exclamó Ëinir, señalándolo.

—¿Quién es esa pava? ¿Con quién está? —Preguntó entusiasmado Lögit.

Al llegar a ese punto, tanto la cabecilla como Okäni, con cierta curiosidad, estiraron el cuello mirando hacia donde Ëinir indicaba y vieron a un joven cabizbajo, triste, con una bebida en la mano, asintiendo con la cabeza mientras una mujer con expresión compasiva iba diciéndole algo que la distancia les impedía oír.

—¡Vaya! No está mal la vieja esa con la que habla —Dijo Lögit.

La cabecilla, al oírlo, le propinó una rápida e inesperada colleja, añadiendo:

—¿Vieja? ¡Es más joven que yo! —Levantó la mano y con el dedo índice erguido le amenazó—. A ver lo que dices, ¿eh?

Lögit echó su cabeza atrás al tiempo que entrecerró un poco los ojos para expresar sus sorpresa, pero en un instante había vuelto a centrar su atención en Sörig y su nueva amiga.

—¿Por qué? ¿Por qué está hablando con Sörig?, podría estar hablando conmigo —Continuó Lögit—. Vamos allí, Ëinir, a ver cómo es.

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