La apurada llegada

Los muchachos todavía se encontraban a bastante distancia de la ciudad portuaria, pero ya podían notarlo en el ambiente, había algo fresco, diferente, un olor nuevo que les resultaba extraño y familiar, el olor del mar que lo impregnaba todo con una inusual mezcla de intensidad y suavidad. De inmediato supieron que se aproximaban y no tardaron mucho en verlo en el horizonte, como un segundo cielo caído sobre la tierra, más oscuro y rugoso, como si las nubes se escondieran bajo él. Los tres quedaron maravillados ante aquel prodigio. Siempre lo habían imaginado como un río enorme, pero aquello les superaba. Era el fin de la tierra y el inicio del reino de las aguas. Hasta las intensas vivencias que habían experimentado últimamente no podían medirse ante tal inmensidad, y cuando Ära empezó a correr como una niña, los muchachos sintieron que hacía lo correcto y la siguieron.

Unos minutos más tarde estaban agotados pero todavía exultantes. Nada podía borrar las sonrisas de sus caras, y cuanto más cerca estaban, más extraordinaria y fascinante les parecía la gran masa de agua que se expandía ante ellos. Vieron también la ciudad a la que se dirigían, pero apenas captó su atención, el mar los atraía lo mismo que hacía con los ríos.

En la parte exterior de la ciudad llegaron hasta una pequeña playa donde descubrieron las olas, que llegaron a atemorizarles. Durante un rato, Ära pensó que querían devorarla y ni Lögit ni Ëinir parecían mostrar desacuerdo. Por primera vez, Lögit sintió que su martillo no podía protegerle de aquello. Con prudencia y fascinación se fueron introduciendo en las olas poco a poco, dando muchos gritos cuando alguna los alcanzaba. Aquello parecía tremendamente arriesgado y divertido al mismo tiempo. Las olas les mojaban e intentaban arrastrarlos. Mientras jugaban a entrar en el mar no tardaron en comprender el vaivén y cadencia de las olas. La intensidad del momento arrancaba risas y alegría sin fin, parecía que la felicidad estuviera en el mar y éste los impregnara con ella.

Tal vez estuvieron una hora o tal vez tres en su pequeño paraíso, tiempo durante el que olvidaron a qué habían venido. A lo lejos se veía una embarcación que trataba de maniobrar cerca del puerto y entendieron que aquello ahí flotando debía ser un barco, lo que habían venido a buscar. Sus familiares, amigos y conocidos, todo el resto del grupo estaría por allí y debían encontrarles. Empezaron a caminar por la costa en dirección a la ciudad, empapados y llenos de arena. No tardaron en encontrar a los primeros lugareños, pero por prudencia evitaron decir nada. No querían otro incidente como el de la posada. Conforme iban adentrándose en la ciudad, no lograban dar con nadie conocido y temieron que hubieran partido sin ellos. Al fin y al cabo, nadie sabía que acudirían y nadie sabía que debían esperarles. Sin saber muy bien qué hacer, Ëinir comprendió que tenían que averiguar más sobre lo sucedido, así que se acercó a un hombre de muy avanzadaedad y le preguntó sobre el grupo. Para ello, se separó unos metros de los muchachos, como si los lugareños no se hubieran percatado ya de que iban juntos.

Mientras Ära y Lögit miraban a su alrededor contemplando el día a día de la ciudad, comparándola con sus propios pueblecitos, a unos metros vieron como Ëinir les hacía vistosas señales con las manos. Por un momento, temieron que el abuelo le estuviera atacando, pero evidentemente no se trataba de eso, les hacía gestos exagerados para que se acercaran a él con rapidez. Ëinir salió corriendo mientras lesgritaba:

—¡Vamos, vamos, rápido, rápido!

—¡Se os van a escapar! —Les dijo el anciano, que ya habían dejado atrás.

Ni Ära, ni Lögit comprendían lo que estaba sucediendo, pero esperaban que Ëinir se lo explicara en cuanto parasen.

La carrera apenas duró un par de minutos, hasta el mismísimo puerto. Allí se detuvieron jadeantes, mientras algunos de los presentes les miraban. Ëinir le preguntó a uno de ellos, mientras señalaba a una serie de barcos que se alejaba:

—¿Son esos los barcos que van al sur?

—Aquí todos los barcos van al sur, muchacho. Llegáis un poco tarde. Éste es el último. —Dijo un lugareño de piel curtida por la sal y el sol, al tiempo que señalaba a una embarcación que se encontraba a unos cien metros.

—¡Van ahí, se van sin nosotros! —Dijo Ëinir a los muchachos, con desesperación.

Los tres empezaron a gritar y a saltar para llamar la atención de la tripulación, pero nadie parecía reconocerles. El barco empezaba a alejarse por momentos y no sabían como detenerlo o llegar hasta él. Fue Lögit quien vio los muchos cabos que había por todo el puerto y sin dar ninguna explicación, cogió el que le pareció más largo, sacó su martillo ante la sorpresa del marino que los observaba e intentó liarlo como pudo con la cuerda.

—¿Qué haces, muchacho? Esto no es para eso. —Le dijo el hombre, pero sin intentar detenerle. Sentía curiosidad por ver qué tramaba el muchacho, convencido de que tendría una buena anécdota que contar hoy en la taberna.

Tanto Ëinir como Ära comprendieron lo que estaba ideando y entre los dos trajeron un par más de los pesados cabos. Intentaron atar los extremos de éstos para crear uno más largo, pero el hombre les detuvo en su intento.

—No, por algún jodido dios, no. Esto no se hace así —Les dijo el hombre mientras les arrancaba los cabos y les enseñaba—. Malditos críos, un nudo que aguante se hace así. Puñeteros forasteros.

Sin siquiera esperar a que el hombre acabara de atar las cuerdas, Lögit tomó su martillo y le habló como un padre que se despide de su hijo:

—Ahora, Lögit, campeón, no me defraudes, llévanos al barco.

Agitó su martillo evidenciando sus intenciones mientras el hombre sonreía abiertamente, esperando que el muchacho perdiera el martillo en el mar para empezar a reírse. Acto seguido Lögit gritó:

—¡Lögit! —Mientras lanzaba su martillo, el cual saltó disparado en contra de todo sentido común.

El hombre quedo boquiabierto ante el prodigio, el martillo salía volando como un ave, arrastrando el cabo, que sonaba con un ruido amenazador, tras de sí. Tras un par de segundos soltó la cuerda que todavía estaba sujetando, para evitar que el terrible tirón le arrancara los dedos, y todos ellos se separaron un poco del cabo que se iba desenroscando con gran velocidad. El martillo había llegado al punto más álgido de su lanzamiento y empezó el descenso. Como por arte de magia o de un tirador experto, parecía que iba a alcanzar al barco y a darle de lleno.

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