Juramento de piedra

Al final, la cabaña del erudito, como ya la llamaban, se había vuelto el punto de reunión de los asuntos importantes relacionados con la empresa. Un par de días después de la entrega, el erudito convocó a la cabecilla y a unos cuantos más a un discreto encuentro. El motivo oficial era explicar el plan de viaje, un recorrido muy largo de cientos de personas portando armas en una tierra inhóspita. A todas todas, había que hacerlo con sentido común. El erudito le había pedido en confidencia a la cabecilla que consiguiera unos cuantos individuos de completa confianza, con un perfil muy determinado.

Los asistentes fueron llegando durante la transición de la tarde a la noche, algunos de ellos venían de las poblaciones vecinas. Cuando el último de ellos hubo llegado, el erudito comenzó sus explicaciones.

—Estimados invitados, gracias por acudir esta noche a tan improvisada reunión. Entiendo que no queda nadie en la ladera que no conozca ya el objeto de nuestra empresa.

Mientras hablaba, la cabecilla se abandonó a un gran bostezo sin dejar de escucharle.

—Les he reunido aquí para explicarles como podemos organizar el viaje hacia el frente de batalla. Por lo que tengo entendido, todos ustedes son gente de honor y de plena confianza, por favor, les ruego que lo que hablemos aquí no salga de estas cuatro paredes.

Los invitados se miraron los unos a los otros un poco extrañados, pues, ¿desde cuando organizar un viaje era un tarea tan secreta?

—¿Tengo su eterna promesa de discreción? —Preguntó el erudito.

—Claro, ¿Por qué no? —Contestó Okäni, despreocupado—. Juramento de piedra.

Dada la expresión que mostró el erudito, la cabecilla, que ya empezaba a conocerlo, se adelantó y le explicó:

—Cuando realizamos un juramento de piedra, aceptamos ante el resto de nosotros ser apedreados por ellos si rompemos el juramento.

El erudito mostró su sorpresa con la ayuda de sus cejas. Aquellos aldeanos no dejaban de sorprenderle con sus costumbres, tan curiosas como prácticas. Tras aquello, la cabecilla movió y apretó sus labios en señal de aceptación y, sin darle más importancia, dijo:

—De acuerdo, juramento de piedra.

El resto de ellos, aunque tenían sus reservas ante tal compromiso, sentían más curiosidad por la explicación que preocupación por el juramento y lo secundaron también, uno tras otro.

—El viaje que nos espera será largo y pesado, aburrido, más bien —Dijo el erudito sin mas dilación—. Debido a que constituiremos un grupo de gran número, llamaremos la atención, sobre todo por portar armas. Podrían darse algunos conflictos. El resto de ellos se miraron entre sí haciendo gestos de aceptación; lo que oían les parecía razonable.

—Lo más sensato sería descender varias millas hasta Puerto Guenäda, donde podremos encontrar los primeros barcos mercantes. Calculo que unos trece de ellos serán suficientes para transportarnos bordeando la costa. Será una forma de viajar muy discreta y relativamente cómoda, teniendo en cuenta la enorme distancia que vamos a recorrer.

Todos volvieron a mirarse, parecía que el erudito lo tenía todo bastante bien pensando. Sin embargo no tardaron en surgir algunos comentarios. Äpek, uno de los invitados, le preguntó abiertamente al erudito:

—¿Cómo nos costearemos el viaje? Tengo entendido que nosotros somos los únicos que aceptamos el trueque.

—Bien visto, muchacho, sin duda necesitaremos una fuente de financiación para hacer frente a los gastos de nuestros desplazamientos y manutención.

—Ya estamos —Dijo la cabecilla—. Me ha costado mucho mantenerme alejada del dinero y ahora voy a tener que depender de él de nuevo.

—¿Tendremos que conseguir monedas? —Preguntó Alzïr.

—Mi familia es pobre y no tenemos nada que podamos vender —Añadió Änzir.

—¿Cuesta mucho conseguir monedas? —Preguntó Okäni.

—¡Calma, calma! ¡Un momento, por favor! —Pidió el erudito—. No hay de qué preocuparse.

La cabecilla, con gesto serio, le replicó:

—La comida y bebida de tanta gente podemos aportarla nosotros para una pequeña parte del viaje, pero no por completo. Los barcos, no sé qué coste pueden tener, pero no creo que sea pequeño. Sabes muy bien que vamos a dejarnos mucho más que la piel con este asunto, pero que encima tengamos que vender nuestros pueblos para conseguirlo, me parece inadmisible.

—Por favor, podéis creerme cuando os digo que no debéis preocuparos por este asunto. Nadie va a tener que vender nada —Dijo el erudito moviendo las manos en señal de calma y mirándolos a todos.

—¿Entonces, cómo vamos a solucionarlo? —Preguntó la cabecilla, intrigada y no muy convencida.

—Tal como he dicho, deberemos utilizar una fuente externa de financiación y creo saber cual será.

—¿Alguien va a aportar su dinero a nuestra causa? —Preguntó la cabecilla con gesto de sorpresa.

—Podría ser, señora mía —Le respondió sonriente el erudito.

Aquello extrañó a la cabecilla, pues el erudito no solía dar ese tipo de rodeos.

—¿Tal vez un rey preocupado o un noble generoso que te debe algo? —Le preguntó ella sonriendo también con la mayor de las ironías, mientras se sentaba en una silla.

—Algo así. Dentro de doce días, en el bosque del Protectorado de Canëida, recibiremos la aportación —Dijo el erudito, esa vez serio.

—¿Y bien? Todavía no nos has revelado el nombre de nuestro benefactor —Dijo la cabecilla recostada en la silla con los brazos cruzados.

El erudito miró rápidamente a todos ellos y les dijo:

—Nuestro benefactor es el carruaje del oro de Canëida.

Puedes comprar el libro por sólo 1€