En puerto

La siguiente escala de la travesía llegó tras el octavo día de navegación. Aprovechando la situación, la presencia de los tres muchachos fue notificada tanto al capitán de flotilla como al erudito. El primero rápidamente puso precio a los destrozos que habían realizado y el segundo puso el oro para costearlos.

Lögit, con satisfacción, explicó al erudito como había hecho uso de su martillo, sin saber que otros también habían pasado por esa experiencia. A pesar de no ser el único en usar un arma, el erudito encontró muy interesante los descubrimientos que Lögit había realizado sobre el comportamiento de ésta. Aquello ayudó a comprender mejor la naturaleza de las armas.

El erudito estuvo todavía más interesado en oír la historia de Ära y Ëinir y en los detalles de su encuentro con el mercader de almas, pero tuvo que contentarse con lo que los muchachos pudieron recordar. Tras narrar lo ocurrido, los dos muchachos preguntaron a éste por los nombres de sus armas. Más que nadie del grupo, habían esperado pacientemente para conocerlos y no podían permitirse volver a vivir una situación como la de la taberna sin saber como invocarlas. Estaban aprendiendo apresuradamente lo peligroso que era el mundo y el valor de lo que poseían.

El arco de Ära tenía por nombre Däirin y el martillo de Ëinir respondería como Hëllmir. Ya no había nada que los distanciase de sus armas, podían jugar con ellas como Lögit hacía o podían aguardar a necesitarlas, pero desde luego que cambió como las veían: ya no volvieron a parecer simples objetos, ahora, con un nombre, daban la sensación de ser criaturas extrañas con una personalidad oculta, esperando su momento.

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