El visitante

Toda una noche caminando a buen ritmo, le permitió al erudito realizar el trayecto sin paradas, siguiendo el río hacia su origen. El viaje fue un buen ejercicio para él, ya que, aunque extenuante, le permitió poner en orden sus pensamientos. Tuvo tiempo para ver evolucionar la noche y sus estrellas, y tras ésta, el amanecer al que no estaba acostumbrado. El Sol tuvo tiempo de tomar buena distancia del horizonte hasta situarse en lo más alto y castigador. El erudito había perdido hacía rato la noción del tiempo, pero pudo calcular aproximadamente la hora y la distancia recorrida, no debía quedar demasiado, pues la gigantesca cordillera estaba ya muy cerca.

Era una orografía curiosa, las montañas suelen aparecer de forma gradual, pero éstas lo hacían de forma inesperada tras una llanura muy amplia y extensa. Si no fuera porque la vasta planicie permitía verlas desde enormes distancias, nadie pensaría que allí las encontraría, parecían salidas de la nada. Decían los viejos libros de fatuos aventureros que eran impracticables, habitadas por los felinos salvajes y que tras ellas sólo se encontraba el mar a ninguna parte, pero justo con las primeras montañas se encontraban los clanes de la ladera. Allí se dirigía él, al primero de los últimos pueblos de la civilización, si se les podía considerar civilizados, pues nunca nadie había esperado nada de ellos, hasta ahora.

Ya a bastante distancia, se podía ver el poblado al final de la llanura, en la primera ladera, avanzado a las montañas, y a su vez avanzados al poblado, un pequeño grupo de personas, cuatro o cinco tal vez. No tardó tanto en poder distinguirlos, y ellos a él. Comprobó que no salían tras él a prenderlo, sino que permanecieron inmóviles, observándole a la espera. Fue un alivio, pues aunque se les consideraba primitivos y en teoría no agresivos, la imaginación del erudito no era poca cosa y a veces un poco dramática.

Pero no, los cuatro, ahora sí, confirmados lugareños parecían sentir tanta curiosidad por él como él por ellos. Razonó consigo mismo recordando a algún estúpido de la ciudadela cargado de prejuicios, contando inventadas historias de cazadores caníbales. Se reafirmó tildando a esas historias de tonterías, sería muy estúpido por su parte descubrir que el tonto del pueblo tenía razón y acabar siendo alimento de ignorantes hambrientos, los cuales se deleitarían con sus carnes en lugar de con sus conocimientos. Eso sí sería un gran sacrilegio pero sí, si fueran caníbales se tendría bien merecido su final, por no hacer caso a la mal llamada “sabiduría popular”, la cual prefería tildar de “estupidez popular”.

Ahí estaban, los cuatro bastante bien vestidos pueblerinos, mirándole subidos a unas rocas que, junto a plantas y matojos, adornaban el cauce del río. Lo más curioso es que parecían sonreír, ¿estarían tramando algo? Demasiado tarde, si estaba equivocado sería presa fácil por culpa del cansancio, y sin él también, pues ve tú a saber cuan deprisa podrían correr éstos. En cualquier caso ya estaba frente a ellos.

—Un buen día para tostarse bajo el Sol, ¿verdad? —Dijo muy sonriente uno de ellos. Era una mujer, y por su iniciativa se delataba como la líder del grupo.

—Buenos días, ilustres ciudadanos —Contestó con educación el erudito.

Los cuatro estallaron en carcajadas, aunque ya se podía vislumbrar cierta tensión humorística en el ambiente. Por extraño que le pareciese al erudito, su saludo fue la chispa que prendió las risas.

—Buenos, buenos días tenga usted, ilustre visitante —Dijo la mujer casi riendo, parodiando un tono solemne, mientras el resto de ellos reían gratamente con la burla.

El erudito comprendió que los pueblerinos se estaban pitorreando de él sin el menor pudor, pero más aliviado que ofendido prosiguió con su discurso.

—Gracias por vuestro recibimiento, vengo de la ciudadela y querría hablar con vuestro jefe —Dijo el erudito.

—Soy yo. La cabecilla de esta buena gente —Respondió ella sin dejar de mostrar una gran sonrisa.

—Ilustre cabecilla... —No pudo continuar sin evitar provocar un nuevo estallido de carcajadas.

—Cabecilla a secas... distinguido y cultivado... amigo —Contestó ella pronunciando las palabras con dificultad, al tener que contenerse.

—¡Me encanta este pollo! —Exclamó otro, señalándole sin dejar de reír.

Empezaba a quedar claro que lo más peligroso que le iba a suceder era que lo ridiculizaran, por lo demás parecían alegres e ingeniosos. El erudito, sorprendido, casi se sentía decepcionado por ello.

—Cabecilla, lamento interrumpir vuestro grato momento —Dijo con con ironía—. pero me temo que soy portador de malas noticias.

—Está bien, ¿erudito? ¿Por qué no me lo vas explicando mientras volvemos al pueblo?

—Bien dicho. Mi nombre es Ogän y soy un erudito, me habéis calado perfectamente.

—No era más difícil que pelar un conejo viejo. Imagino que en la ciudadela y más abajo pensaréis que nos chupamos el dedo como mocosos, pero tal vez os equivoquéis.

El erudito respondió con silencio ante la apreciación, era una forma de mostrar respeto al tiempo que una ligera vergüenza. Sin embargo, la mujer no apagó su sonrisa ni mostró ofensa, añadiendo:

—En cuanto lleguemos al pueblo te daremos un día de hospitalidad, como a los enfermos, y mañana podrás partir de vuelta —Sentenció al tiempo que empezó a caminar.

—¿Cómo cuidáis a los enfermos? —Preguntó con precaución y curiosidad al tiempo que comenzó a seguirla.

—Solemos alimentarlos, ofrecerles cuidados y procuramos trabajar sus tierras.

El erudito meditó brevemente sobre ello y preguntó con astucia:

—¿No os preocupa que un enfermo pueda fingir o alargar su dolencia para poder beneficiarse de este trato?

La mujer, sin dejar de caminar, giró su cabeza y dirigió su mirada hacia él. Con una mueca basada en una sonrisa asimétrica le respondió:

—Si alguno lo intenta, lo apaleamos para que pueda fingir la enfermedad con más convicción.

—Entiendo —Fue la breve respuesta de él.

Durante un par de minutos, el erudito sopesó si debía anunciar o no su mensaje y finalmente afirmó:

—Cabecilla, como os he dicho antes, soy portador de malas noticias.

Me temo que debo anunciaros que Dil-Sar-Al-Nik ha sido atacada.

—¿No ocurre eso una vez al año? —Dijo ella, de nuevo sonriente.

—Bueno... No con tanta frecuencia —Contestó también con una leve sonrisa—. Pero sí es cierto que no es un incidente en sí extraordinario, si no fuera porque tengo el convencimiento de que se trata de un ejército del otro lado del Mar.

—¿Hiperterian? ¿Ahora? Que poco original de su parte, atacar Dil-Sar-Al-Nik, ¿no?

—¿Los conocéis? Quiero decir, ¿habéis oído hablar de ellos? —Preguntó el erudito, sorprendido por completo.

—El erudito ha venido para meternos miedo en el cuerpo, ¡¡uuuuUUUUuuuuhhhhh!! —Dijo alegremente, mientras agitaba los dedos al tiempo que abría mucho los ojos para exagerar su expresión.

El resto del grupo, que les estaba siguiendo, rió la burla.

—No pretendo amedrentaros. Mi deber es notificaros el hecho y preveniros ante esta clara posibilidad.

—Qué chorreo tiene este pollo, ¿de verdad crees que los hiperterian han atacado a los dilsaralnikianos? —Dijo uno de los que iban tras él—. ¿Y quiénes les han preparado la merienda, las hadas o los gnomos?

—Dilsaralnikenses —Corrigió el erudito—. El gentilicio es dilsaralnikense.

—Bueno, ilustre pollo, esta noche te daremos cobijo y mañana podrás volver a la ciudadela. Si ves a algún hiperterian, vuelves y nos lo cuentas, ¿vale? —Concluyó la cabecilla.

El resto del trayecto se resumió en una serie de intentos por parte del erudito de convencer a los laderenses, obteniendo sólo más bromas por su parte. A pesar de la insistencia, éstos no se hartaron de él, pues lo consideraban una fuente de divertimento sin igual, y de esta manera, transcurrió muy rápido el primer día entre esta gente, la verdad es que no lo hubiera imaginado así.

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