El inicio del asedio

El cabeza de guerra salió de su tienda con un aire magnífico, caminando con firmeza y seguridad, convencido de ser el completo dueño de su destino. Tras él le seguían su guardia personal y la cabecilla, menos entusiasta, pero aún así, conforme con su papel dentro de ese juego. Se dirigían a los hermanos de guerra, quienes, en perfecta formación, les estaban esperando y, con ellos, los laderenses, más desorganizados, que también habían acudido al encuentro.

El séquito llegó al centro de los miles de hombres allí presentes y se detuvo, el cabeza de guerra se aproximó a un estrado al que se encaramó utilizando las correspondientes escaleras. Una vez en lo alto miró a quienes le rodeaban, lleno de satisfacción mientras asentía con la cabeza.

—Vosotros —Dijo—. Vosotros lo habéis logrado. Os habéis impuesto al enemigo llegado de no se sabe que extrañas tierras. Le habéis enseñado a respetarnos, le habéis enseñado a temernos, a ellos, a esas bestias cuyo único propósito era exterminarnos. No... ¡Les habéis demostrado que los oxänos vamos a detener y devolver, a quien sea, toda la ira y sangre que pretendan derramar!

—Ayer envié un mensaje —Prosiguió su discurso— a nuestra Diosa, le informé que la paz estaba volviendo a nuestras tierras y la muerte llegando hasta nuestros enemigos. Ella se sentirá orgullosa de nosotros, sus hijos, y nosotros... nosotros no queríamos esta guerra, no la iniciamos, pero os voy a decir algo, ¡os juro que la vamos a terminar!

Llegado a ese punto, todos los hermanos de guerra estallaron en júbilo, gritando y levantando sus brazos y armas y, con ellos, los laderenses se dejaron llevar también por la emoción del momento.

—¡Vamos a perseguir a esa escoria hasta sus refugios! —Añadió el cabeza de guerra— ¡Vamos a darles caza hasta el fin! ¡Haremos que se arrepientan de haber salido del vientre de sus madres!

El cabeza de guerra alzó su brazo de forma majestuosa, esperando a que los ánimos se calmaran y todos se percataran del gesto. Tras un instante manteniendo el ademán, toda la atención volvió a él y cuando estuvo seguro de ser el centro de todas las miradas, con gran energía descendió su mano, señalando al sureste y gritando:

—Hermanos de guerra, ¡partid!

Y todos con gran júbilo y no menos disciplina y sincronización, iniciaron la marcha, convencidos de su poder y de su misión.

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