El himno del trueno

Más al sur de la que antaño fue Nueva Oxän, se encontraba un desfiladero natural donde el ejército oxäno se había ubicado para hacer frente al enemigo. No se sabía si éste repetiría su última y fallida táctica o daría un giro radical pero, fuera lo que fuera lo que les saliera al encuentro, sería obligado a pasar entre las dos montañas perdiendo toda ventaja en número, fuerza o velocidad. Esas montañas se habían convertido en poderosos e inertes aliados, de forma que la victoria iba a depender de saber esperar y aguantar la embestida.

Como no podía ser de otra forma, los laderenses fueron situados en la primera línea de defensa, donde contendrían al enemigo como bien pudieran y tras ellos, de nuevo el ejército de Oxän la Grande. A los laterales del ejército, las dos montañas, muy pronunciadas, estaban separadas por un paso horizontal de unos cincuenta metros de anchura y ante ellos se extendía una llanura interminable por donde verían llegar al enemigo.

Uno de los vigías se situó en una roca de gigantesco tamaño, avanzada a unos cuarenta metros dentro de la llanura, lo que le ofrecía una posición privilegiada para detectar cualquier movimiento en el horizonte.

La espera para el encuentro se hizo eterna y los nervios insufribles. Ya no quedaba allí nadie que desconociera el sabor agrio de la batalla. Todos y cada uno de los presentes la habían experimentado y, sabiendo que iba a volver a repetirse, sus mentes estaban alerta y sus cuerpos llenos de tensión.

Dos horas tardó el vigía en detectar al enemigo, muy perdido en el horizonte.

—¡Avance! ¡Al horizonte! —Gritó.

Unos quince minutos después, especificó:

—¡Nube de polvo! ¡Deben ser muy numerosos!

Pocos minutos después añadió:

—¡Son más grandes! ¡De mayor tamaño que los últimos!

Los rumores entre los combatientes no se hicieron esperar, prendieron como aceite de léptido: algo enorme, más grande que los propios hiperterian, se dirigía hacia ellos. Parecía que el enemigo tenía la capacidad de sorprenderles sin límites.

Cualquiera con un mínimo de perspicacia no hubiera tardado en percatarse que los laderenses no parecían muy extrañados por lo anunciado. No se dedicaban a comentarlo, sino que se limitaban a realizarse miradas furtivas entre ellos.

El erudito podía sentirse orgulloso, su teoría, ya confirmada, consistía en suponer que los hiperterian no iban a correr riesgos tras su última derrota, y para ello utilizarían la mayor fuerza de choque jamás conocida: los gigaterian, quienes aplastarían cualquier cosa que hallaran en su camino. Ello permitiría a los hiperterian ganar tiempo y evaluar el poder real de la nueva resistencia sin someterse al menor riesgo. Sus vidas eran demasiado valiosas para ese ensayo. Según el erudito, el tamaño de los integrantes del nuevo contendiente no iba a ser inferior a cinco metros de altura.

Entre los laderenses el nerviosismo se hizo patente. Tener que guardar un secreto, la tensión del encuentro y la larga espera hicieron que cada minuto se estirara como si fueran diez. La ansiedad logró que las filas se empezaran a agitar y acabaran rompiéndose, con los laderenses adentrándose en la llanura para disponer de algo de aire fresco. Por lo que se cuenta, al cabeza de guerra no le agradó esa iniciativa pero la toleró.

—Malditos indisciplinados, ¿no saben mantener la formación?

Si salimos de esta, hemos de darles un escarnio ejemplar y luego formación y disciplina —Dijo el cabeza de guerra.

—Sí, cabeza de guerra —Le contestó el brazo de guerra.

Los laderenses, sin otro pensamiento que el inminente encuentro, empezaron a sugestionarse y a prepararse para la batalla.

—¡Enemigo a una hora! —Gritó el vigía.

—¡Acabemos con esa basura! —Se oyó decir entre los laderenses.

—¡Vamos a reventarlos! —Contestaron otros de ellos.

—¡Me comeré sus entrañas! —Añadían más lejos.

Una tras otra, a cada frase que se decía, los laderenses sentían la necesidad de superarla con otra más violenta si cabía. Una pulsión desconocida para ellos, salvaje y llena de brutalidad, se estaba apoderando de sus espíritus por momentos. Uno de los laderenses se dirigió a la roca para apoyarse y empezó a golpearla con odio.

—!Vamos a aplastaros! ¡A machacaros! ¡Os vamos a exterminar!...

—Decía mientras golpeaba la roca, cada vez más furioso y violento.

En un momento dado, por la intensidad de los golpes, un gran y veloz fragmento de roca salió despedido y se le clavó en el ojo, entrando por la cuenca y matándolo al instante. El silencio se apoderó del lugar durante un breve momento, pero Lärit, rápido como el rayo, se acercó y tomó el martillo que había quedado huérfano. Sin detenerse y superando en violencia a su predecesor, siguió golpeando la roca con furia y golpes y las mismas frases, pero usando ambos martillos. A partir de aquello se le conoció para siempre como “Lärit Dos Martillos”.

Contemplando a Lärit compartiendo su rabia y ansia, algunos laderenses replicaron su comportamiento, comenzando a castigar la roca con sus armas. El cabeza de guerra, al contemplarlo sintió la furia

apoderarse de él.

—¡¿Qué demonios están haciendo esos imbéciles?! ¡¿Quieren delatar nuestra posición?! ¡Colgadme a ese idiota y meted al resto dentro del pasaje! —Gritó el cabeza de guerra.

—¡Ahora mismo, cabeza de guerra! —Contestó el brazo de guerra.

Cuando la orden llegó hasta los hermanos de guerra que debían ejecutarla, los laderenses estaban gritando y golpeando la gran roca con vehemencia, con una fuerza tal que el vigía empezó a notar temblores que llegaban hasta sus pies. Éste empezó a preocuparse, más incluso que por la presencia del enemigo, y gritó a los de abajo:

—¡¿Pero qué hacéis?!, ¡parad!, ¡¿queréis matarme?!

Demasiado tarde, para aquel entonces estaban sumergidos en un trance hipnótico, sin otra voluntad que desear enfrentarse al enemigo y liberar sus terribles armas. Los hermanos de guerra que habían sido encargados de prender a Lärit no pudieron llegar hasta él y tampoco nadie reunió el valor necesario para ordenar a los laderenses volver a la formación. El ruido de las armas castigando la gran roca, rítmicamente al principio y que acabó desembocando en caos, produjo un sonido brutal, ensordecedor, que se alzaba por encima de los gritos y sonaba como un alud de piedras, inmenso y atronador. Un alud que no tenía fin.

—¡Miradles! —Dijo el cabeza de guerra—. Hasta disponen de su propio himno, el Himno del Trueno.

La infatigable intensidad de los impactos fue imponiéndose a la roca, haciéndola ceder y agrietarse. El vigía notaba como el suelo se resquebrajaba bajos sus pies, y los laderenses gritaban de júbilo, con su logro de destrucción. La gran roca eclosionó en miles de piedras que cayeron pesadamente golpeando el suelo, haciéndolo vibrar como timbales y creando un estruendo que se iba a oír a varios miles de pasos de distancia. Jamás lo habían pretendido, pero estaban enviando un mensaje a su enemigo, un mensaje sencillo y directo: —Escuchad —Decía—. Oíd como hacemos temblar la tierra con nuestras armas e imaginad lo que haremos con vuestros cráneos.

Ese fue el momento, el detonante. El desplomarse de la gran roca marcó el inicio de una desesperada carrera. Embriagados por su pequeño logro y gritando sin igual, salieron corriendo hacia el enemigo.

—¡¿Qué hacen, pero qué hacen esos malditos?! —Gritaba el cabeza de guerra aunque nadie podía oírle, todos los ojos y todas las miradas se depositaron sobre los laderenses.

Los hermanos de guerra, extrañados y asombrados, trataban de comprender el porqué de sus alocados actos y se mostraban ansiosos por conocer cual sería su siguiente paso. Al inicio de la estampida, los laderenses todavía tenían aliento para seguir gritando a pesar de no estar acostumbrados a ese esfuerzo. No se trataba de un paso ligero o una calculada carrera de fondo, sino de una salida sin retorno, al límite de su capacidad, donde los más veloces inspiraban al resto a alcanzarles. Los hermanos de guerra, ante tan surrealista espectáculo comenzaron a cantar: “¡Oxän, Oxän!”, privilegio que sólo otorgaban a los más valientes, a los que eran considerados dignos de la Diosa.

Una carrera tan rápida y extenuante consumió las fuerzas de los corredores, comenzando a silenciar sus gritos y, poco después, ahogando sus pulmones. En contra de todo sentido común y la voluntad de sus cuerpos, mantuvieron un ritmo muy superior al que cualquiera podía permitirse, pero nadie quería ceder, no había retorno para esa carrera, como nunca hubo retorno para sus almas.

Algunos de ellos lograron soportarlo gracias a su juventud, que no siempre fue suficiente. Sus piernas se congestionaron, no podían aguantar sin el aire que sus pulmones no podían recoger, y éstas empezaron a pesar más que sus propias armas, se volvieron de piedra y aún así las movían, pagando el esfuerzo con un dolor intenso como si respiraran clavos. Y como todo cuerpo llevado a su límite, empezó a ocurrir lo inevitable, el corazón de uno de ellos no pudo con la carga que se le exigía y cedió, tal vez se desgarró o tal vez explotó, pero su dueño cayó fulminado con una expresión de sorpresa, con los ojos y la boca abiertos y su cuerpo yaciendo sobre la llanura para siempre. Pero eso no les iba a detener y, aunque cada poco alguno de ellos sentía ese último pinchazo dentro de su pecho que indicaba el fin de su viaje, el resto continuó entregado a la carrera.

Si alguien los hubiera observado desde un lugar elevado, como era el caso de los enormes gigaterian, se habría percatado de que la anárquica estampida de los laderenses no lo era tanto. Había un orden en ella que los llevaba a agruparse en tríos, en su mayoría formados por un espada, un hacha y un martillo. Al resto solía faltarle uno de los miembros que se habría quedado por el camino.

Conforme los corredores iban acercándose al enemigo, contemplaron por primera vez aquello a lo que se iban a enfrentar.

Las valoraciones del erudito habían sido erróneas por defecto, pues los gigaterian llegaban a alcanzar, sin problemas, los siete metros de altura. Sin embargo, lo más impresionante de la escena a la que se aproximaban no era el tamaño del nuevo enemigo, sino su técnica de combate, tan simple como macabra. Armados con una especie de inmensas guadañas, los gigaterian iban realizando gestos de siega de forma regular, iban a cosechar hombres.

Las guadañas eran tan grandes como cuatro hombres subidos los unos a los hombros de los otros y si las armas de los laderenses no hubieran sido tan extraordinarias, éstos no habrían tenido la más mínima oportunidad. Hubieran sido carne seccionada por las grandes cuchillas.

Cuando el primer trío de laderenses estuvo al alcance de una de las guadañas, ya no hubo lugar para especulaciones y las armas pasaron a medirse entre ellas, aunque los laderenses guardaban una pequeña ventaja, un detalle técnico que sería estéril contra cualquier otro enemigo, pero que en esa situación iba a suponer la diferencia entre vencer o verse degollados. El primero de los tres combatientes, gracias a su extraordinaria espada, no sólo detenía la descomunal guadaña sino que ésta se desviaba o partía. Cuando esto último ocurría, a veces algunos fragmentos de guadaña, girando sobre sí mismos, llegaban a alcanzar a algunos de los combatientes sin hacer distinción entre laderenses o gigaterian, se limitaban a segarlos al instante.

En la mayoría de los casos, tras la actuación del espada, el segundo de los tres, quien portaba el hacha, usaba ésta para tratar de talar una de las piernas del gigaterian como si fuera un inmenso árbol. No estamos hablando de cortes que arrastraran venas y arterias para detener el avance del enemigo, sino de tajos mucho más profundos, dirigidos a cortar músculos y ligamentos, llegando a penetrar en el hueso y derribando por completo al inmenso enemigo.

El tercero de los laderenses, con su sencillo pero imparable martillo, saltaba sobre la cabeza del derribado gigaterian, golpeándosela impiadoso, fragmentando su cráneo y produciéndole una muerte inmediata o terribles convulsiones en su defecto.

La disposición de los gigaterian consistía en un enorme frente de choque de unas cien columnas con seis individuos de profundidad, que hubieran supuesto una gran y fácil victoria de haberse enfrentado a cualquier otro oponente. El pago de los laderenses sin duda fue muy alto, pero las armas que adquirieron demostraron ser siempre superiores a cualquier reto al que se las enfrentaba.

Cuando, gracias a su alocada carrera y su sencilla técnica, los tríos de laderenses llegaban al sexto gigaterian de la fila, giraban e iniciaban de nuevo el proceso, desde la retaguardia a la fila de al lado o bien rematando a alguno de los que hubiera caído. Fue muy fácil para ellos organizarse. Allí donde hubiera una de esas grandes criaturas en pie debían hacerlo caer; debían derribarlos a todos sin excepción. Sólo iban a poder descansar cuando ellos fueran lo más alto que quedara en el campo de batalla.

Sorprendiendo a todos, la victoria fue mucho mayor incluso que la

primera, ni uno solo de los gigaterian logró llegar hasta el desfiladero y las únicas bajas que hubo entre los laderenses fueron debidas principalmente a la desgarradora carrera. Después de ésta cualquier esfuerzo pareció nimio y el cansancio parecía no haber hecho la más mínima mella en su voluntad. La ira y la locura fueron los nuevos apoderados de sus cuerpos y mentes, llevándoles a golpear sin piedad los cuerpos de los gigaterian caídos, fallecidos ya desde hacía un buen rato. Los que disponían de un martillo se subían a sus enormes cráneos y los golpeaban sin cesar y, habiendo recuperado el aliento, de nuevo volvían a gritar, dejando bien patente la locura del momento. Con tanto castigo, el hueso de los cráneos a los que se encaramaban no tardaban en ceder, y los ejecutores caían literalmente dentro de sus sesos, donde inspirados por un odio sin fin, seguían triturando los restos.

Después de una hora de gritos, todos estaban ya sin voz. Sonaban como ancianos exhaustos, pero aún así, seguían incesantes en su golpear obsesivo. Algunos estallaron en lloros mientras realizaban su macabra tarea que se prolongó hasta que el sol se puso. Ninguno de ellos podría recordar en qué momento su voluntad cedió a su cansancio y cayeron dormidos o inconscientes sobre un irreconocible amasijo de entrañas que esa misma mañana eran seres vivos. De la forma más insospechada, el destino iba a querer que víctimas y verdugos pasaran la noche juntos.

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