El flanco izquierdo

Los hermanos de guerra vieron a la distancia de dos lanzas, como los pulidos y brillantes escudos se les echaban encima. Sin mediar palabra, todos ellos en su interior se preguntaban: —¿Cómo vamos a luchar contra esto?—. Abrumados, retrocedieron unos pocos pasos y finalmente algunos de ellos gritaron:

—¡Sangre para Oxän!

Y con la misma decidida sensación de un suicida en su último acto, se lanzaron contra los gigantescos escudos, chocaron contra ellos y trataron de empujarlos, pero éstos apenas notaron el impacto de la colisión. Algunos de los hermanos de guerra con sus espadas, aporrearon los escudos y los más ingeniosos lograron introducirlas en los finísimos huecos que había entre los escudos, tratando de alcanzar cualquier cosa que pudiera ser herida.

Los escudos siguieron su imparable avance, empujando a los hermanos de guerra a retroceder, quedando aplastados contra los que venían de más atrás. De repente se oyó una voz fuerte y enérgica procedente de entre los escudos.

—¡Tar dir!

E inmediatamente después, al unísono, con una sincronización ejemplar, los escudos giraron ligerísimamente para crear una separación entre ellos de apenas un par de palmos.

—!Var agir! —Se oyó decir a la misma voz, más allá de los escudos.

Eso produjo un inmediato coro de chasquidos de espadas con los escudos, que anunció la aparición de las descomunales armas asomando sus enormes y afiladas cabezas por entre las recientes aberturas. Su tamaño era mayor que el hombre más alto de la ciudad. Los hermanos de guerra aplastados contra los escudos, las vieron muy de cerca, intentaron forcejear para tratar de escapar de la amenaza, pero el avance del enemigo junto a la presión de sus compañeros de la retaguardia, no les ofrecía posibilidad de maniobra alguna. Finalmente la desconocida voz gritó una última vez.

—¡Ster!

Las amenazantes espadas entraron imparables entre las filas de los hermanos de guerra, ensartando todo lo que se puso en su camino. Los pocos hombres que vieron avanzar las puntas de espada y pudieron atajarlas a tiempo, no tuvieron suficiente fuerza para poder desviarlas. No importaba la destreza de los combatientes, la enorme superioridad física del enemigo era lo único que importaba y se imponía sin ninguna dificultad. Tras la primera ensartada, las espadas realizaron tajos circulares perfectamente coreografiados que descuartizaban a los hermanos de guerra como si fueran trozos de manteca. Cortes completos y limpios los seccionaban sin interrupción con el alcance de hasta tres líneas y, al caer éstas, las tres siguientes corrían la misma suerte. El flanco izquierdo estaba siendo reducido a la velocidad con la que el enemigo avanzaba, la misma con la que se había acercado, ni siquiera habían variado el paso. No había ningún tipo de resistencia efectiva, ese flanco se había vuelto un matadero a cielo descubierto.

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