El escarabajo de madera

No tuvo que esperar demasiado, o tal vez le pareció un instante lo que tardó en llegar la cabecilla, pues estaba sumergido en sus pensamientos. Ella entró con aire alegre y su habitual sonrisa.

—Buenos días, ilustre dormilón. ¿Habéis requerido una audiencia? —La broma parecía que no iba a terminar jamás.

—Buenos días, señora mía. Disculpad que os haya apartado de vuestras labores, pero tengo nuevas noticias.

La cabecilla realizó una mueca divertida, apretó los labios, cerró los ojos y movió la cabeza. Su interlocutor interpretó que disponía de su atención, y con plena seguridad continuó:

—Se ha producido un nuevo ataque, menos al sur que el último. Sea quien sea, por lo visto, avanza a una velocidad endemoniada.

—Un rápido enemigo, por lo visto —Dijo ella sin cambiar la expresión y sin la más mínima preocupación. Mantuvo la mirada fija en él para dejar claro que la noticia no le impresionaba lo más mínimo.

—Eso no es todo —Añadió mientras alzaba su dedo índice, buscaba un tono solemne que sólo inspiró pedantería—. Los testigos hablan de cortes limpios y completos de extremidades, tanto brazos como piernas. Sólo espadas muy grandes y pesadas tienen tal poder de penetración.

—Bueno, parece lógico pensar eso. No habría porque descartar un par de primeras líneas armadas con montantes.

—Vaya, tenéis conocimientos del arte de la guerra.

—He visto algo de mundo durante mi juventud, lamento decepcionarte —Añadió la cabecilla sin perder ni un ápice de humor, contenta de mantener a raya las afirmaciones del intelectual.

—Sin duda es una buena explicación, pero me temo que una, dos o más filas de montantes serían cómodamente derribados por una o varias líneas de arqueros —Realizó una breve pausa para observar su expresión y prosiguió—. Sólo podrían protegerse de la lluvia de flechas con enormes escudos. Enormes escudos en una mano y enormes

espadas en la otra. Parece que de nuevo sólo tenemos una explicación.

La cabecilla no tenía una contrarréplica a mano para esta conjetura, pero sin dar su brazo a torcer y con su tono habitual decidió permitirle al erudito desarrollar un poco más su argumento. La verdad es que empezaba a sentir curiosidad por esa remota posibilidad. Levantando una ceja y esta vez armada con media sonrisa, retomó la conversación.

—Realmente te gustaría que fueran esos hiperterian, ¿cierto?

—En verdad que no querría que se diera esa posibilidad, pero los hechos son los que son, y desde luego, son preocupantes.

—¿Tan peligrosos son tus amigos?

—Esperad, he traído algo que me gustaría mostraros.

El erudito se acercó a su bolsa de viaje y extrajo un libro ni muy grueso ni muy grande, pero que sin duda alguna mostraba el paso de muchos años. Lo abrió, y cuando encontró lo que buscaba, sujetó el libro situando una mano en la parte superior y la otra en la inferior mostrándole a ella el contenido.

—Mirad estos dibujos, por favor —Le pidió a la cabecilla.

—Parecen hechos por niños —Dijo volviendo a su tono desenfadado.

—No son niños. Los dibujos son muy antiguos, y antaño éste era el estilo habitual para las ilustraciones.

—Son rubitos, ¿verdad? Parecen apuestos y fornidos —Dijo al tiempo que miraba con interés.

—Sí, en efecto, se trata de unos seres excepcionales.

—¿Y dices que se se están acercando? Mmmmmhhh.... —Preguntó esta vez, sin tratar de ocultar un rictus.

—Por favor, señora mía, os ruego que no os lo toméis a la ligera. Permitidme... permitidme que os lea un breve párrafo del poeta.

—Poeta... —Dijo alargando la palabra, sorprendida de oírla al tiempo que asintió con la cabeza. Sentía que después de tantos años, por fin iba a disfrutar de uno de esos placeres intelectuales de los que tan sólo había oído hablar.

El erudito pasó un par de páginas buscando con mucha impaciencia algún texto que habría leído mil y una veces y que no tardó en encontrar. Tras hallarlo miró a la mujer a los ojos, para ver si estaba preparada, observando una cara de satisfacción, inmóvil y a la espera.

—El Neogénesis de los Megaterian. —Inició.

—Esperad, esperad, ¿no eran los hiperterian? —Interrumpió ella.

—Sí, sí, en efecto. Son los hiperterian, ahora lo comprenderéis —Y con impaciencia, volvió a comenzar.

#{font:times}“EL NEOGÉNESIS DE LOS MEGATERIAN”

#{font:times}“Hace ya algunos milenios, tras el advenimiento de los nuevos dioses, éstos no tardaron mucho en poblar la tierra con sus criaturas. No siempre

con la suficiente responsabilidad, crearon gran cantidad de ellas, diferentes en su carácter y en su forma, pero éstas no fueron sus únicas obras.

Varias veces después volvieron a crear nuevos seres más variopintos, de los cuales los hombres fueron los últimos en llegar, pero antes que ellos, los megaterian los precedieron en todos los aspectos.”

La cabecilla comprendió al instante de donde le venía al erudito ese tono tan rimbombante que tanto les divertía. A punto estuvo dehacérselo saber, pero el temor a que detuviera la lectura, por primera vez logró silenciar uno de sus comentarios. Estaba extasiada con la lectura, se sentía como una niña, con las manos juntas, esperando oír un cuento narrado por su padre.

#{font:times}“Había existido cierta paz, incluso felicidad en esta extraña familia de megaterian y otros seres, al menos, hasta que llegó el hombre. Pero por favor, no te precipites a un juicio fácil y rápido. No fue culpa de los hombres, al menos no al principio.”

El erudito levantó la mirada un instante para dirigirla hacia la cabecilla, quien le contestó con un gesto convencido mostrando absoluta conformidad para que éste pudiera continuar.

#{font:times}“Existía una raza entre los megaterian, que por su propio brillo sobresalía entre todas las demás, los hiperterian. Como el resto de los megaterian, eran de gran tamaño si los comparamos con un hombre o un hiperhombre, y sin lugar a dudas eran los más agraciados entre todos los creados en cualquier aspecto imaginable. Un hiperterian era un ser realmente inteligente, de respuesta rápida e ingeniosa en todo momento.”

—Seguro que te hubiera gustado medirte dialécticamente con uno de ellos, ¿verdad erudito? —Interrumpió ella.

El erudito alzó su mirada que se volvió severa debido a la interrupción. En realidad no se lo había planteado.

—Perdón, perdón, discúlpame... Prosigue, por favor. —Trató de reparar ella.

—¿Por dónde iba? Ah, sí...

#{font:times}“...de respuesta rápida e ingeniosa en todo momento. No era alguien a quien se engañara con facilidad. Su capacidad para el razonamiento

y la aguda observación les permitió con facilidad ser los líderes naturales del resto de seres. Y todo pacíficamente, ya que sus conclusiones y consejos eran siempre acertados. Podías contar con la seguridad de que la conclusión de un hiperterian había sido analizada en profundidad, sólida, teniendo en cuenta detalles que uno habría pasado por alto o no entendería. Todos comprendieron rápidamente que dejar que los hiperterian decidieran era tan cómodo y seguro cómo dejar el trabajo duro a las bestias.”

—Mmmhhh... Tal vez sí deberíamos dejar que nos invadieran. —Interrumpió ella de nuevo en un punto intermedio entre la broma y la reflexión seria.

—Os leeré algo más, para que podáis replantearos vuestra opinión con un poco más de conocimiento de causa.

#{font:times}“Éstas no fueron sus únicas virtudes, ni las más visibles. Con un brillo más intenso si cabe, la característica cuya luz cegaba más que cualquier otra era la de su profunda e hipnótica belleza.”

—Esta es la parte que más me gusta. —Interrumpió una vez más.

Esta vez el erudito sonrió y miró a la mujer, después prosiguió.

#{font:times}“Hablar de hiperterian era hablar de belleza y hablar de belleza era sinónimo de hiperterian. Estos conceptos estaban tan unidos como el agua y la lluvia y había quien no podía distinguirlos. Contemplar a un hiperterian era una caricia a tus ojos que endulzaba tu mirada, el corazón se enternecía y se llenaba de júbilo. Se decía que los nuevos dioses los habían creado para poder deleitarse con ellos, para hacer sus vidas más cálidas con su presencia y sus sentimientos más apacibles.”

Llegado a este punto, el erudito repitió el gesto de alzar su dedo índice sin dejar de leer, para remarcar el párrafo que estaba atravesando.

#{font:times}“...Y como nadie podría sufrir el dolor de una pérdida así, decidieron hacerlos inmortales, para no tener que llorarlos nunca.”

#{font:times}“Sólo existía algo más hermoso que un hiperterian, sus mujeres.”

— Bueno... —Trató de interrumpir, aunque esta vez el erudito no se detuvo y prosiguió como si nada se hubiera dicho.

#{font:times}“Parecían esculpidas, dotadas de los rasgos más delicados y las formas más finas y equilibradas, con una piel más pulida que el granito, blanca y sonrosada en perfecta armonía, y sus largos cabellos del color del oro. Se decía de ellas con humor, que no nacían, que los dioses las habían pintado usando la luz de las estrellas y los colores del amanecer, y que las flores se cerraban cabizbajas, llenas de vergüenza ante su presencia. Los hiperterian eran lo más hermoso y perfecto jamás creado, los hiperterian eran simplemente... VÍVORAS llenos de vanidad y crueldad, vacíos de sentimientos y compasión. Sin otro propósito que ser el centro de todo y de

todos, no valoraban vida alguna que no fuera la suya. Solían utilizar las desgracias de los otros para su propio divertimento y cuando estas desgracias no estaban a su alcance, no dudaban en crearlas ellos mismos. El dolor que generaron llegó a eclipsar el afecto que se les tenía.”

El erudito, conocedor del fragmento que se aproximaba, sin levantar la mirada tomó una bocanada de aire antes de proseguir.

#{font:times}“Te aseguro que no querrías verlos jugar con un hombre, estirándolo de sus brazos y piernas, haciéndolo girar como aspas de molinos arrastrado por su cabeza o pulmones, o fabricando arcos con sus tripas, riendo mientras oían sus gritos. Y si no querrías verlos jugar con un hombre, mucho menos querrías verlos jugar con una mujer.”

—¡Basta! —Dijo ella con un semblante que había cambiado diametralmente y con su humor por completo desvanecido—. Has conseguido revolverme las tripas —Prosiguió al tiempo que se llevaba la mano al estómago. Parecía pálida como si el relato le hubiera afectado hasta ese punto—. En cualquier caso, por lo que cuenta el poeta, estos

hiperterian son imparables, barrerían a cualquiera de un plumazo.

—Como está ocurriendo ahora, muy al sureste.

La cabecilla se mantuvo pensativa durante un instante tratando de aclarar sus ideas, sin realizar réplica alguna. Él valoró la evolución de la conversación y concluyó que era el momento adecuado para el punto de no retorno, así que añadió:

—Bueno, sin pretender aburriros, por lo que se cuenta en el libro, sí existe alguna forma de pararles los pies.

Ella mantuvo su dura mirada sobre él y no hizo gesto alguno que indicara que fuera a decir nada, por lo que fue él quien continuó.

—Parece ser que se dio el caso, bastante bien documentado, de dos héroes que se sacrificaron con el fin de salvar a su propio pueblo

matando a algunos hiperterian.

—¿Se sacrificaron? — Preguntó ella.

—Sí, una especie de sacrificio... espiritual.

De nuevo su mirada clavada como única respuesta.

—Se trata de una historia dramática y un poco sórdida. Por lo visto consiguieron llegar a un acuerdo muy especial con un mercader de almas a cambio de unas armas especiales...

La mujer volvió a cambiar de humor al oír esta explicación y decidió interrumpirle.

—Está bien, ahora lo entiendo, estás bromeando, ¿cierto? No me digas que no es así o tendré que pensar que estás loco. ¿Armas especiales para matar hiperterian a cambio de almas?, ¿qué comedia es ésta?

—Bueno, eran especiales por tratarse de una magia desconocida para nosotros.

—Espera, espera... ¿quieres que nosotros negociemos con nuestras almas como si fueran patatas de la huerta? —Se echó a reír y prosiguió—. Hablas como un sacerdote. ¡El alma no existe! Sólo existe la carne, y la tuya, por lo visto, ha enloquecido. ¿Cómo no me he dado cuenta antes? —Dijo llevándose una mano a la frente y sin dejar de reír.

—Esperad un momento, mi señora, me gustaría enseñaros algo más.

Mientras ella cruzaba los brazos, más expectante todavía, él volvió a acercarse a la bolsa e introduciendo una mano sacó un pequeño bote de cristal. Ella entornó los ojos, no alcanzaba a comprender que pretendía mostrarle. Él le acercó el frasco para que lo pudiera ver mejor.

—¿Un escarabajo? —Preguntó ella.

—Fijaos bien en él, por favor.

—Es un poco grande comparado con los que hay por aquí y mucho más colorido. No había visto ninguno así.

—¿Os habéis percatado de que es de madera?

Ella abrió los ojos con sorpresa y dio un golpecito sobre el cristal del bote que él sostenía. La cabecilla quería que el escarabajo reaccionara, pues juraría que lo acaba de ver moverse. El efecto no se hizo esperar y el escarabajo reaccionó moviéndose al instante.

—¿Qué clase de prodigio es éste? ¿De dónde has sacado este juguete? —Le preguntó ella.

—Ni es un prodigio ni es un juguete. Observad con atención. —Le contestó él.

Dicho esto, el erudito le hizo una señal al escarabajo con su dedo moviendo éste para indicarle que se acercara. La criatura le obedeció y se acercó todo lo que las cristalinas paredes del bote le permitieron. Mientras tanto, la sorpresa de la mujer ya era mayúscula. Ahora el erudito movió su dedo describiendo un círculo, como quien indica a un perro que quiere que gire persiguiéndose la cola. De nuevo, el escarabajo respondió con inteligencia moviéndose en círculos dentro del bote.

—Esperad —Dijo ella temerosa—. No se puede domesticar a un escarabajo, ¿qué demonios es esto?

—Es un regalo que llegó a mis manos hace tiempo. Es un hombre o una mujer cuya alma ha sido introducida en la figura de madera.

La mujer, conmocionada, no pudo articular palabra. Arrebató el bote de las manos del erudito y lo observó con toda intensidad. Sintiendo el calor de nuevas y desconocidas emociones y sin saber como reaccionar, primero balbuceó.

—Loco, estás loco... ¡Estabas hablando en serio!

—Dejadme que os explique...

—¿Que tengo un alma? —Cortó sin pensar.

—Sí, tenéis una, pero no se trata de eso...

—¿Que podemos cambiarlas por armas? —No dejaba de interrumpir.

—No se trata de armas convencionales...

—¿Que debemos sacrificar nuestras almas para matar hiperterian?

—Sólo serían necesarias unas pocas...

Dicho esto, él sintió el fuego del odio surgiendo de la mirada de la mujer, un odio dirigido hacia él en exclusiva.

—¿Para salvar tu culo educado y el de tu gente?

—Para salvar a vuestro propio pueblo, sólo unos pocos...

—¿Tu gente no tiene alma o es demasiado buena para venderla?

—No, no, simplemente no me creerían si yo...

—¿Necesitabas convencer a unos palurdos?, ¿has venido a eso?

—Sólo pretendo que sobrevivamos, nuestra cultura...

—¡No! —Gritó horrorizada, mostrando una mirada humedecida y dejando caer el bote sin darse cuenta.

El erudito se precipitó con rapidez para cazar al vuelo el frasco de cristal, por lo que dio con sus rodillas y parte del torso contra el suelo.

Sin embargo había logrado salvar la valiosa reliquia.

—Mírate, eres una caricatura grotesca. Has venido aquí a por más juguetes —. Le dijo ella con patente desprecio.

Él extendió una mano hacia ella para tratar de tranquilizarla.

—¡No me toques, monstruo! —Le dijo, tras lo que rápidamente se dirigió a la salida de la cabaña.

—¡Esperad, por favor! —Suplicó él, todavía en el suelo.

—¡Hijo de mil padres! ¡Lárgate de nuestro pueblo, vete antes de que te linchemos! — Dijo tras haber cruzado la puerta, empezando a alejarse.

El erudito trató de incorporarse todo lo rápido que pudo, depositó el tarro sobre la mesa y se dirigió a la puerta con celeridad. No la

atravesó, creyó prudente no seguirla, pero asomó su cabeza y gritó:

—¡Al menos, avisad a los otros clanes! ¡Tienen derecho a saberlo, tienen derecho a decidir su propio destino! ¡Es la única oportunidad de

supervivencia!

Ya estaba hecho, el erudito había logrado sembrar su peligrosa semilla y ahora sólo debía esperar a que ésta germinara. Su razonamiento había sido acertado; los laderenses carecían de fe por puro pragmatismo, para sentirse libres y para no someterse a ningún dios ni creencia. Sin embargo, ninguna razón teológica apuntalaba su precaria convicción. Sólo era necesario introducir una evidencia sin otra explicación que un hecho extraordinario y lograría abrir una brecha en sus mentes. Él iba a ser el único que les diera una explicación a los confiados laderenses sin demasiada cultura, sin una réplica convincente y sin una visión diferente. Sólo necesitaba tiempo para que la cabecilla aceptara a regañadientes los hechos que él le exponía, y si ella se convencía, su confiado pueblo no tardaría en seguirla en ello.

Él había hecho su trabajo, ahora el tiempo debía hacer el suyo.

Puedes comprar el libro por sólo 1€