El elogio

Los laderenses no tardaron mucho en sentirse derrotados física y, sobretodo, emocionalmente. Sus manos, hasta la fecha acostumbradas a trabajar la tierra y tratar con el ganado, se habían manchado con sangre, habían derramado más en un día que vino habían tomado en toda su vida y eso pesaba sobre sus espaldas.

Muy abatidos, algunos intentaron perderse por el campamento sin hablarse o evitándose por completo. Sentados en el suelo o tumbados por él, algunos vomitaron y otros lloraron, pero nadie sintió orgullo aunque unos lo pasaron peor que otros.

Unas cuantas horas más tarde llegó hasta ellos una visita inesperada, todo un honor del cual no fueron del todo conscientes. Protegido por su reducida guardia personal, todo un cabeza de guerra, la máxima autoridad a ese lado de la batalla, llegó hasta ellos sin aviso previo. No estaban juntos cuando entró en el campamento hiperterian, sino desperdigados. Orientado por sus subalternos, se limitó a acercarse al grupo que estaba alrededor de la cabecilla y se dirigió a ella.

—Es habitual sentirse así, no hay deshonra en ello —Le dijo el cabeza de guerra a los laderenses presentes, mirando directamente a la cabecilla.

Ella alzó la mirada con cara de pocos amigos, como quien ha sido arrancado a la fuerza de un sueño profundo. Comprendió ante quien estaba e hizo un mínimo esfuerzo por estar a la altura de las circunstancias.

—Vosotros no parecéis muy afectados —Le contestó ella.

—Cabeza de guerra, dirigíos a él como cabeza de guerra —Interrumpió el brazo de guerra que acompañaba al grupo.

El cabeza de guerra sonrió y movió ligeramente la cabeza al tiempo que levantaba la mano para indicarle a su subalterno que podía despreocuparse del protocolo.

—Estimada señora, hemos pasado por esto innumerables veces —Le contestó a ella el cabeza de guerra.

Ella movió la cabeza aceptando su explicación con un movimiento un poco irregular que sugería cierta demencia y que evidenciaba la presión a la que se habían sometido. Después dijo:

—La próxima vez lo haremos mejor.

Él rió por satisfacción y le contestó:

—Lo habéis hecho magníficamente, señora mía. Sois unos excelentes combatientes.

—Los mejores —Interrumpió gratuitamente Okäni.

—Me temo que ese es un honor que queda reservado a los nuestros, muchacho —Replicó el cabeza de guerra sin dejar de sonreír ni perturbarse por la impertinencia del joven.

Tras un instante de silencio, prosiguió:

—Esta noche, dentro de unas pocas horas ya, vamos a celebrar la victoria. Hemos encontrado una gran cantidad de vino que estos... seres transportaban consigo, y por lo visto es sublime.

—Es todo un gesto por parte vuestra, pero no sé si mi gente va a estar de ánimo para ello. Desde luego, a mi me tendréis que disculpar

—Le contestó ella.

—Como deseéis, señora. En cualquier caso, si cambiáis de opinión, seréis... todos vosotros seréis bienvenidos a la celebración. Y... ¡ah!, se me olvidaba, a partir de ahora consideraos con los mismos privilegios que el resto de hermanos de guerra. Para empezar, os dotaremos de una paga como al resto de ellos —Concluyó el cabeza de guerra, les dirigió una última medida y viendo el desánimo general decidió marcharse. Antes de abandonar el habitáculo donde estaban, a modo de despedida añadió—. Bebed, os ayudará a sobrellevar la situación.

—Gracias, gracias —Le contestó la cabecilla con la mirada perdida en ninguna parte, cuando él ya estaba alejándose.

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