El acecho

La sombra, gracias a su crimen, se garantizó el acceso a una escalera secundaria que discurría por el interior de una de las torres, pero no antes de tener que atravesar una puerta cerrada, pequeña y maltrecha. Para abrirla no necesitaría llave alguna, pero sí todo el cuidado del mundo, pues era ruidosa y de fácil crujido. De nuevo se armó de paciencia y la abrió tan despacio que los ruidos fueron imperceptibles, hasta que la apertura le permitió colarse por ella, con gran habilidad.

Por fin podía avanzar a un ritmo normal, subiendo y girando por la escalera, que era muy pronunciada. Al llegar a varios pisos más arriba se asomó a la manera de los gatos, unos pocos escalones antes de la salida se puso a cuatro patas y fue sacando la cabeza con lentitud. Una precaución estéril, pues no había nadie en aquel pasillo, sólo un tapiz de colores rojizos y ocres que ayudó a amortiguar sus, ya de por sí, silenciosos pasos. Pero no todo era debido a su delicado caminar, enrollar pañuelos a la suela de sus botas formaba parte del secreto de su discreción.

No se sabía qué o quién era su objetivo, pero de haber sido yo, me hubiera dado por enterrado. Se estaba acercando cada vez más, sólo un pasillo la separaba de él, así que lo recorrió y al llegar al final repitió su asomar de felino. Ahí estaban los dos últimos centinelas, custodiando la puerta de la habitación. Dos centinelas y ningún ruido, una combinación difícil de lograr si quería llegar hasta su objetivo. Ahora, visto lo visto, su último asesinato se antojaba bastante fácil en comparación, pero esto no iba a desanimar a la sombra, llena de recursos y con mucho talento en el arte de matar.

Se retiró un poco volviendo al pasillo para buscar en su morral algo que compensase esa desventaja numérica, y por supuesto que tenía algo preparado desde un principio. Retiró una cañita hueca, gruesa como un pulgar y larga como dos palmos. Junto a ésta, dos pequeños proyectiles con una aguja en su frontal y una pluma pequeña en su parte trasera. A simple vista no se podía saber si era ornamental o funcional, pero como la sombra no daba puntada sin hilo, cuesta creer que fuera un detalle frívolo.

Con los proyectiles en una mano y la caña en la otra, se quedó pensativa, sopesó algún detalle y los depositó en el suelo para volver a buscar algo más en el morral. Se trataba de una segunda caña de idénticas características. Introdujo cada uno de los proyectiles en una caña diferente y volvió a las cuatro patas, o, mejor dicho a tres, pues en su mano derecha portaba las dos cañas, paralelas y alineadas.

Cogió aire, apuntó y disparó. Con rapidez avanzó unos pasos descubriéndose totalmente, pero obteniendo mejor ángulo para el tiro al segundo centinela, realizado con la otra caña. Al instante salió a la carrera hacia los centinelas que apenas habían empezado a notar nada raro, salvo que su consciencia se escapaba. No lo sabían pero se estaban muriendo. En menos de dos segundos, la sombra se había puesto de pie y había agarrado por el cuello a cada una de sus víctimas, de nuevo para evitar que se desplomaran estrepitosamente. Una de las lanzas empezaba a caerse, así que tuvo que estirar una pierna para atraparla y luego extender los brazos para cubrir también la parte superior de las lanzas. Al mismo tiempo, con el antebrazo en el cuello de sus víctimas, las mantenía en equilibrio, un equilibrio bastante delicado.

Cerró un poco sus brazos para que todos cayeran como en un embudo, escurriéndose por ellos, mientras se arrodillaba progresivamente. En efecto, los dos muertos y sus lanzas se fueron acercando, deslizándose por los antebrazos hasta sus hombros, pasando por su cuello hasta que los mofletes de los cadáveres se pegaron a los suyos propios. La situación, un poco esperpéntica, parecía el abrazo fraternal de tres amigos, salvo que uno de ellos había empezado a babearla un poco, ¿pero quién podía recriminárselo al pobre?

Ya casi estaba, sólo tenía que aguantar un poco más el peso. Primero se puso de rodillas y luego se sentó con dificultad tratando de depositarlos en el suelo con el mayor de los cuidados y el menor de los ruidos. Después se inclinó lateralmente para deslizar uno de los muertos desde el hombro, lentamente, pasándolo por el pecho, hasta la cadera y luego la pierna. Repitió todo el proceso con el otro cadáver y ya casi había terminado, tenía las cabezas de los dos muertos, todavía calientes, recostadas sobre sus piernas, ahora sólo tenía que retirarlas con cuidado, la parte más fácil.

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