El abordaje

Es cierto, algunos pocos de los tripulantes, los más perspicaces oyeron un silbido que se les echaba encima. Ocurrió en cuestión de segundos y, acto seguido, algo pesado como una piedra que se hubiera desprendido del cielo, golpeó la cubierta de estribor en la parte más trasera de la popa. Fuera lo que fuera, arrastraba un cabo que se deslizaba veloz como un tornado, frotando el boquete que se había creado, con un ruido infernal. La cuerda parecía provenir del mismísimo puerto y empezaba a perder velocidad, cayendo por su propio peso. Con el rozamiento se había calentado muchísimo la madera del boquete, y de no haber salpicado una gran cantidad de agua que había empapado la zona, tal vez hubiera ardido.

Tras el inesperado sobresalto, todos en la nave trataron de averiguar de qué se trataba. El capitán y su segundo se acercaron a inspeccionar el boquete y vieron que se situaba todavía a suficiente distancia por encima del nivel del agua. Iba a ser un daño caro de reparar, pero no iba a suponer un peligro.

Siguiendo la cuerda con la vista, vieron como tres individuos se lanzaron al agua agarrados a la cuerda. Por su bien esperaban que supieran nadar, pues, nada más tirarse, se hundieron de inmediato y notaron como la tensión del cabo se incrementó. A los pocos segundos fueron asomando sus cabezas, desde la distancia parecía que se hubieran enganchado a la cuerda. A pesar de ello, se volvían a sumergir y a aparecer de forma interrumpida.

—Definitivamente esos idiotas no saben nadar —Dijo uno de los marinos de abordo—. ¡Ayudadme a tirar de la cuerda! —Le dijo al resto de tripulantes de la nave, laderenses en prácticamente su totalidad—. Y esperemos que se hayan agarrado a ella.

Ahora sí, con la fuerza de varios hombres tirando del cabo, la tensión ayudó a los tres potenciales ahogados a salir a flote, arrastrados con bastante velocidad.

—¿Porqué ayudamos a los que nos atacan? —Preguntó un laderense al marinero.

—¡Esperad a que les ponga la mano encima! Si se ahogan no podré desfogar mi enojo —Contestó el capitán, a pesar de no ir dirigida a él la pregunta.

Apenas dos minutos tardaron en atraerlos hasta las cercanías de la nave. Y cuanto más cerca estaban, con más fuerza tiraban para evitar su ahogamiento. Al encontrarse a unos escasos metros, varios de los laderenses, con gran sorpresa los reconocieron.

—¡Es Lögit! —Dijeron algunos—. Y aquel de allá, ¿no es el otro que enviamos?

—¡La muchacha, también ha vuelto la muchacha! —Dijo alguien más.

—¿Son de los vuestros? —Preguntó el capitán, todavía muy enojado.

—Eso parece, pero a estos no los esperábamos, eso seguro —Le contestaron.

—Esto os va a costar bastante más oro del que teníamos acordado —Dijo el capitán de la nave—. Más vale que habléis con el capitán de flotilla o aquí empezaremos a lanzar pueblerinos por la borda.

—Hablad con el erudito, él lo aclarará todo —Le decían—. Viaja en la primera nave.

—¡Ayuda! —Gritó Lögit—. Tirad con fuerza. —Añadió con dificultad, mientras evitaba tragar todavía más agua.

Conscientes de que sus vidas pendían de su sujeción a la cuerda, los muchachos no la soltaron ni un segundo, parecía que las manos les hubieran quedado aprisionadas con un candado invisible. Con rapidez y sin dificultad, fueron arrastrados por ella hacia la cubierta donde yacieron durante un rato, calentándose al sol, tosiendo durante varios minutos mientras trataban de expulsar todo el agua que habían tragado. Hacía sólo unos minutos, su anterior experiencia con el mar había sido mucho más agradable y menos traumática. En muy poco tiempo habían visto las dos caras del gran monstruo de agua.

Todos se habían arremolinado a su alrededor, de forma que los remos habían quedado prácticamente desatendidos.

—¡Malditos vagos! Nos estamos quedando atrás. Si no remáis, no alcanzaremos la corriente y perderemos a las otras naves —Les dijo el capitán, tras lo cual, la gran mayoría volvió a su deber y remó con más fuerza de lo habitual, intentando recuperar el ritmo y la distancia a la siguiente embarcación. Bajo ningún concepto querían separarse de las otras naves.

—Lögit, Ëinir, respirad, pavos, os estáis poniendo de color morado —Les dijo una voz familiar para los muchachos.

Ëinir, todavía sin recuperar el aliento, alzó la mirada y dijo, sin poder exclamar:

—Sörig —Tosió un par de veces y añadió—. Qué alegría pavo —Volvió a toser varias veces—. Déjame, deja que coja aire.

Sörig se agachó y empezó a golpear la espalda de su amigo y luego la de Lögit también, quien le dijo:

—Pavo, pavo, no esperabas volver a ... —Tosió un poco y concluyó—: ...a verme, ¿verdad?

—Creía que no querías venir a luchar, Lögit. —Contestó Sörig.

—¿Yo? Resulta que soy una fiera con las armas —Tosió una vez más—. Mi martillo y yo somos uña y carne. Vas a verlo. ¿Donde está?

—¿Porqué me lo preguntas a mí? —Respondió Sörig.

—Os lo he lanzado a vosotros —Replicó Lögit.

—¿Nos has lanzado un maldito martillo? —Preguntó el capitán—. ¿En qué estabas pensando, puñetero?

—Era la única manera de llegar hasta aquí, ¿dónde está el arma?

—Respondió muy seguro Lögit.

—No lo sé, ha atravesado la cubierta. Supongo que estará en el agua —Reconoció Sörig.

—Ahora veréis —Dijo Lögit, tras lo que se acercó al lado de cubierta donde estaba el boquete y gritó al mar—. ¡Löooooogit!

Todos le miraron extrañados al principio, ...gritando su propio nombre a los mares. Cuando vio que nada sucedía, volvió a intentarlo con mayor intensidad y desesperación. Ahora sí empezó a parecer un loco a ojos de todos los presentes.

—Mierda, mierda, mierda... Ayudadme, ayudadme a tirar de la cuerda —Les dijo Lögit a Sörig y al capitán, con la voz muy aflautada.

Éste último, con una mirada de desconfianza y su enojo no del todo apagado, cogió el cabo que Lögit ató al martillo y empezó a tirar de él, junto a Sörig, quien también se unió a ellos. Entre los tres no tardaron en sacar el martillo del agua. Por lo visto, habían descubierto que las armas acudían a la llamada sólo si podían oírla.

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