Desafío de paciencia

Las primeras seis horas las pasaron sin decirse palabra alguna, tanto la sombra como el Rey de los Ladrones evitaron retomar la conversación a pesar de no tener nada mejor que hacer. Él era un prisionero que apenas requería ninguna dedicación, botado en el suelo, cada vez más debilitado por la perdida de sangre, mostrando una creciente palidez. Ella se dedicó a comer y beber delante suyo mucho más de lo que necesitaba, pues pretendía agotarlo también mentalmente. Antes de caer la noche, él ya había perdido la consciencia y durante una hora ella lo estuvo observando con atención para asegurarse de que no era una treta. La noche la pasó en total vigilia, pues no pretendía hacer trampas, eso sí, iba despertándolo a intervalos más o menos regulares para que él no pudiera beneficiarse del descanso al que ella estaba renunciando.

A la mañana siguiente, el maltrecho malhechor mostraba un color muy blanquecino y a su alrededor se encontraban multitud de insectos, atraídos por la grave herida. Durante la espera ambos se habían quedado dormidos, ella por la falta de estímulos y él por no tener quien fuera quebrando su sueño. Era el momento de volver a despertarlo, estaría a punto de caramelo para empezar a cantar como un ruiseñor, pero antes de ello todo el agua bebida y la comida ingerida para provocación del herido, empezaron a llegar a su fin de ciclo, por lo que iba a procurarse cinco minutos para sus propias necesidades. Se alejó menos de diez metros sin perder de vista donde yacía el herido y, aunque en la distancia quedaba oculto por un bulto del terreno, no podía moverse de ahí sin ser visto.

En un instante volvió más decidida que nunca, dispuesta a poner fin a ese desafío que empezaba a alargarse más de lo prudente y, cuando dirigió nuevamente su mirada al herido, descubrió con gran sorpresa que allí no había nadie, apenas una mancha de sangre que señalaba un desplazamiento de unos pocos metros. Se había arrastrado en un momento aprovechando un desafortunado descuido, dando con sus huesos en el río, dejándose ahogar por él, con su cuerpo arrastrado por la fuerte corriente y, con él, se había llevado su daga clavada.

—¡Mierda! —No era común ver perder los nervios a la sombra. En dos días había cometido dos errores, uno por día; confesar su secreto y subestimar a un moribundo. Sólo cabía esperar que la intensa corriente corrigiera su negligente comportamiento.

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