Cuatro gatos

Cuando Eïnir y Ära llegaron al poblado principal de la baja ladera, ya habían marchado todos seis días antes, sólo quedaban ancianos y niños, así como aquellos que legítimamente habían decidido no ir a la guerra, bien porqué no se sentían preparados o bien porque consideraron excesivo el coste de las armas.

Ya nadie esperaba la más mínima visita, así que unas ancianitas no tardaron en acercarse a los visitantes para identificarlos. Primero reconocieron a Ära, la muchacha de la ladera media y, poco después a Eïnir, el jovencito de la cima. Les explicaron lo que había ocurrido, como aparecieron las armas sin que nadie las viera llegar y que éstas tenían nombre, un nombre para invocarlas y despertarlas. Pero eso no era todo, por lo visto habían sobrado unas pocas, ya que algunos se lo pensaron dos veces. Fue un anciano el encargado de custodiar las que no había querido nadie, las guardaba en un granero sin la más mínima protección, pues no era necesaria.

El anciano les acompañó hasta ellas y allí, Ära pudo coger uno de los arcos, el que legítimamente le correspondía como habitante de la ladera media. Tal como les acababa de indicar, en efecto, había unos signos incomprensibles en la base del arco, algún tipo de lenguaje sólo comprensible por el erudito. Ära no había visto antes ningún arco, pero éste le pareció espléndido, una obra de arte, brillante y reluciente.

En ningún momento fue consciente de tener entre sus manos un instrumento de dar muerte. Allí entre la paja había dos martillos más. Ëinir se los quedó mirando, asombrado por las dos increíbles piezas, pero el anciano le interrumpió.

—Éste es tu martillo, muchacho —Le dijo, al tiempo que señalaba uno de los dos.

Eïnir lo contempló con detenimiento y se fijó en que su metal era ligeramente más oscuro que el del resto.

—¿El mío? —Preguntó extrañado, Ëinir.

—Sí, me dijo el erudito que éste sería para ti.

Ära y Ëinir se miraron extrañados, no comprendían porqué el erudito había hecho esa elección. Sin más dilación, Eïnir agarró el martillo y notó su gran peso. Desde luego él no tenía todavía la fuerza suficiente para manejarlo con soltura. Al igual que Ära y cualquiera de los otros nuevos guerreros, quedó prendado de inmediato con la belleza de las armas. Era una sensación que enfrentaba sentimientos: por un lado podías sentir una cautivadora belleza de formas en las armas, pero en cuanto despertabas del hipnótico trance, inmediatamente recordabas para lo que habían sido creadas; para causar la muerte y el dolor. Y si el destino de sus enemigos era malo, el de los usuarios de las armas todavía era peor.

Ëinir trató de alzar a pulso el pesado martillo, lo levantó por encima de su propia cabeza para verlo en todo su esplendor, como si el arma fuera un ser superior a ellos y sin poder dejar de mirarlo se dirigió a la muchacha.

—Ära, no sé si la guerra es lugar para nosotros —Le dijo.

La muchacha se limitó a mirarlo sin saber qué contestar, ella tenía sus propias dudas y ya se había planteado antes esa misma cuestión sin obtener respuesta, al menos no una convincente.

—No sé si alguien en los pueblos de la ladera ha nacido para la guerra —Les interrumpió el anciano. —Algunos se lo han pensado mejor y no se han ido, es normal.

—Realmente no sé si tenemos alguna opción —Dijo Ëinir, con voz abatida—. Esta montaña y nuestras vidas es lo único que tenemos, no sé dónde podríamos escondernos.

—Sí, es que simplemente ocurre que tenía otros planes, pensé que la vida sería de otra manera —Le contestó Ära.

—Sois jóvenes, cuando esto pase, tal vez vuestras vidas volverán a ser normales. En cualquier caso, si queréis las armas, cogedlas, y si no, dejadlas aquí, pero no os olvidéis de cerrar la puerta al marchar.

—Concluyó el anciano, al tiempo que salía por la puerta del granero cerrándola tras de sí.

Ära y Ëinir, cada uno con su nueva arma en su mano, se miraron el uno al otro esperando que el otro aportara algo. Como eso no ocurrió, finalmente Ëinir dijo:

—Si lo vamos a hacer, necesitaremos oro para el viaje hasta que encontremos a los otros. Mi tía tenía algo guardado para algún caso especial, supongo que esto lo es.

—No he visto nunca oro, dicen que es amarillo.

—Es como el cobre, pero más brillante y más claro. Si el pelirrojo fuera cobre, el rubio sería oro.

—¿Y cómo funciona?

Pues creo que das oro y te dan comida o cosas a cambio.

—Necesitaremos mucho para cambiarlo por comida. ¿Tienes tanto?

—No lo sé, no sé si será suficiente, pero he oído decir que con sólo unas migas de oro te dan mucha comida. Pero no necesitaremos tanto, porque a ti no pienso darte. —Añadió Ëinir, mostrando una sonrisa que delató su broma.

—Entonces olvídate de mi ayuda con las flechas, tendrás que cuidarte las espaldas tu solito —Dijo Ära, al tiempo que, sujetando el arco, tiraba de la cuerda y la soltaba, simulando lanzar una flecha hacia Ëinir. Todo ello con una sonrisa semiforzada, tratando de encajar la broma.

—Está bien —Contestó Ëinir—. Además, estás muy flaca, se ve que comerás poco, no gastarás mucho oro, seguro. —Concluyó mientras trataba de contener una carcajada.

—Dame buena comida si no quieres que erre las flechas, o si no, igual alguna acaba clavada en tu culo.

Esta vez los dos rieron la broma con ganas. Hacía tanto tiempo que no reían, que ya habían olvidado cuando fue la última vez y no imaginaban cuanto lo necesitaban. Tras un poco más de charla, bromas y risas, decidieron que esa noche dormirían allí mismo, en el pajar y que al día siguiente irían hasta la cumbre para buscar el oro de Ëinir y partir en busca del grupo principal. Tenían que encontrarlo antes de embarcar. Era cierto que les llevarían ventaja, pero un grupo tan grande no podría moverse tan rápido y podrían ganarle terreno. Además, últimamente habían caminado tanto que podían pasarse todo el día haciéndolo sin apenas cansarse.

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