Caza a la sombra

Las acciones de la sombra solían traer consecuencias, pero ella contaba con ello, incluso cuando éstas iban en su contra. En la Congregación de Principados de Hünas se había vuelto demasiado popular, en especial entre sus dirigentes, quienes la temían y a la que odiaban más que a la peste. Sus últimas actuaciones habían agotado la tolerancia de los señores priores y ahora éstos sólo querían sangre, la sangre de la sombra, pues en contra de lo que el populacho solía creer, la sombra no era un fantasma, tenía huesos rodeados por carne y todo lo que un humano suele tener.

Dos príncipes y un insigne señor se reunieron con bastante discreción para dar fin a ese problema, a iniciativa de uno de ellos, el príncipe regente Dïrmet, quien sabía o creía saber muy bien lo que había que hacer. En una cámara especial de su palacio dos de ellos aguardaban la llegada del último para poder empezar.

—Pasad, pasad, príncipe Lurägna, sed bienvenido a nuestra tierra, perdonad las molestias del encuentro y todas esas formalidades que vamos a saltarnos —Le dijo el príncipe regente Dïrmet.

—De entre las formalidades que obviaremos, espero que no esté la de ofrecer a vuestro huésped un buen vino, príncipe regente Dïrmet —Contestó el príncipe Lurägna.

—Ese no será un problema, príncipe Lurägna. El príncipe regente Dïrmet ha tenido una muy buena cosecha este año, de la cual ya ha tenido a bien el ofrecernos un excelente y fresco vino, que, por vuestro acalorado aspecto, seguro que agradeceréis —Dijo el insigne señor de Erëtnia.

—Tan joven y ya abandonado a la bebida, príncipe Lurägna. Esperad a llevar más tiempo en el poder para dejaros atrapar por los vicios —Bromeó el príncipe regente Dïrmet, extendiendo los brazos en busca de un buen abrazo.

—Sólo pretendo familiarizarme con el cargo y, de entre todas mis atribuciones, junto a la pernada, sin duda ésta es de las más agradecidas —Le devolvió la broma el príncipe Lurägna, al tiempo que también el abrazo.

—Me alegro de veros, habéis crecido más rápido que el maíz —Le dijo el príncipe regente Dïrmet al príncipe Lurägna mientras le daba unas palmaditas en la cara que no eran del todo mal recibidas.

Después de una hospitalidad basada en el vino y una conversación tan breve como intrascendente, el príncipe regente Dïrmet decidió dirigir la atención al asunto que los había reunido.

—Estimados señores priores, sin duda tendréis constancia del terrible crimen acaecido en el Principado de Plaïneda hace casi cuarenta días. Nuestra congregación de principados ya ha sufrido demasiados magnicidios, más de los que nunca debimos haber tolerado. No volveremos a permitirlo jamás.

Mientras pronunciaba estas palabras, los otros dos gobernantes se vieron enervados y reconocidos en ellas.

—En el qué, estamos bien de acuerdo, es el cómo, lo que me gustaría conocer —Le contestó el insigne señor de Erëtnia.

—Recuerdo la dureza con la que mi padre castigaba a su pueblo, y aunque le consideraba un hombre sabio, creo que abrir un poco la mano no nos hará daño... —Estaba diciendo el joven príncipe Lurägna cuando el príncipe regente Dïrmet le interrumpió sin contemplaciones.

—No sabéis de lo que estáis hablando, príncipe Lurägna. El pueblo debe ser respetuoso por convicción o por miedo, pero nada de aflojar la mano. Al menos no ahora, no después de la sombra: pensarían que tenemos miedo, ¿y a qué nos llevaría eso? A un maldito levantamiento, eso es lo que la sombra pretende —Le dijo el príncipe regente Dïrmet.

—No tiene por qué haber ningún tipo de levantamiento, el... —Dijo el príncipe Lurägna cuando el príncipe regente Dïrmet volvió a interrumpirle.

—¿Habéis estado en los Estados de Ursa? Bastante más al sur y tan al este como nosotros, ricos hasta decir basta, ¿y qué son ahora? La cuna del caos, ingobernables, un hervidero de ladrones y asesinos, sumidos en la ignorancia y la violencia más absoluta. ¿Y todo por qué? Porque un día decidieron levantarse contra sus priores, creyeron que el pueblo sabría gobernarse mejor de lo que hacemos nosotros. Destruir es muy sencillo pero volver a construir puede llevar cientos de años —Dijo con vehemencia el príncipe regente Dïrmet.

—Bien, oigamos vuestra solución pues. —Contestó el príncipe Lurägna con resignación.

—Sí, oigámosla, pero no por mi boca, nobles señores, sino de alguien que conoce muy bien esos Estados de Ursa —Dijo el príncipe regente Dïrmet, finalizando con un gesto que dirigió a uno de los soldados de la puerta.

—El soldado abrió la puerta y repitió el gesto a otro soldado más allá del corredor. Desde lo profundo del pasillo se oyeron unos pasos rápidos que se fueron acercando, hasta que atravesó la puerta un hombre de mediana edad pero aspecto joven, bastante más apuesto que corpulento.

—El capitán de guardia Ibär Yurk. Está muy capacitado para encabezar las medidas represivas contra la sombra —Dijo el príncipe regente Dïrmet.

—Muy ilustres señores —Inició su explicación el capitán de guardia Ibär Yurk—. A ciencia cierta se sabe muy poco de la sombra, pero aún así, lo suficiente para empezar a inferir las primeras conclusiones. Hace aproximadamente dos estaciones actuó en Prïria y unos pocos días después en el reino de Ucräir, ambos separados por una muy considerable distancia. Nos estamos enfrentando a algo más grande que un simple individuo: una organización. Sin duda con una rígida ideología y una gran inteligencia tras ella, ordenada y meticulosa. Pretenden desestabilizar nuestro actual sistema de gobierno y, si no se toman medidas, lo lograrán como pude presenciar en los Estados de Ursa.

El príncipe regente Dïrmet asentía mientras seguía con orgullo la concisa explicación del capitán de guardia Ibär Yurk.

—¿Y bien? Parecéis saber perfectamente como proceder. ¿Cuál es entonces nuestro cometido en este cuadro? —Preguntó el ilustre señor de Erëtnia.

—No va a ser tarea fácil desenmascarar a un enemigo tan versado. Ni fácil ni módico. Vamos a necesitar su apoyo, tanto en lo económico como en influencia política y militar —Respondió el príncipe regente Dïrmet.

El Ilustre señor de Erëtnia y el príncipe Lurägna se miraron y de inmediato supieron que pensaban lo mismo.

—Contad con nuestro oro y con nuestra espada —Dijo el ilustre señor de Erëtnia.

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