Bautismo de fuego

El ejército oxäno iba a utilizar su estrategia de combate habitual para contener al agresor, ya que cualquier oxäno tenían prohibido plantearse ninguna posibilidad que no fuera estar enfrentándose a simples hombres. Sin existir ningún accidente geográfico o fortificación en las cercanías que pudiera darles ninguna ventaja, se decidió realizar un encuentro dividido en dos flancos, el izquierdo y el derecho. En este último, en primerísima línea, habían situado al conjunto de voluntarios formado por los laderenses. No se esperaba nada de ellos, servirían de efímero entretenimiento mientras los hermanos de guerra ganaban tiempo. Los laderenses, con sus armas y carencia de estilo marcial, obedecieron sin objeciones. Habían venido a luchar y eso iban a hacer. Más de mil hombres y mujeres sin formación, sin experiencia, desorganizados y sin tener la certeza de a qué se iban a enfrentar, formaban el frente de choque del flanco derecho. Detrás de ellos, a una distancia de menos de cien metros, como refuerzo, el auténtico ejército, el mismo que también se encontraba en el flanco izquierdo, el ejército oxäno.

El día no amaneció muy prometedor, la niebla parecía que iba a invadir el futuro campo de batalla, pero no era tan densa como para impedir ver hasta donde llegaban los arcos. Cuando todo empezara sería imprescindible mantener las distancias con la ayuda de una copiosa lluvia de flechas para que la posterior carga fuera más cómoda.

La espera se volvió larga y tediosa, tanto que muchos de los laderenses se sentaron a esperar, algunos se tumbaron y cuentan que incluso hubo quien llegó a conciliar el sueño.

Tras unas tres horas interminables se empezó a oír un ruido lejano, continuo y uniforme y, un poco después, unas luces señalando su localización. Estaba claro que el enemigo no tenía ningún miedo en delatar su posición, por lo que su convicción acerca de la victoria debía ser inquebrantable. Los aficionados guerreros empezaron a avisarse los unos a los otros, —ya vienen—, se decían, —arriba, ya llega la hora—, se oía más atrás. Algunos de los ubicados en la parte trasera incluso gritaron avisando a los hermanos de guerra que se encontraban más allá. Todos se prepararon para el momento. Agarraban sus armas como si fueran amuletos, como una cuerda de la que colgaban sobre el abismo, lo único a lo que podían aferrarse. La cabecilla, viendo la duda reflejada en las caras de sus conterráneos, intentó infundirles confianza.

—No tengáis ningún miedo. Os aseguro, sé de muy buena fe, que lo que tenéis en vuestras manos son unas bestias asesinas que os protegerán de cualquier peligro.

Todos se miraron entre ellos y luego a sus armas. Sin nombrarlas, todos pensaron en los nombres que tenían para asegurarse de que no se les iban a olvidar.

—No las soltéis. Encomendaos a ellas más que a cualquier dios y dejaos llevar por ellas cuando esto empiece —Les dijo la cabecilla.

El ruido empezó a ser cada vez más intenso y cercano. Lo que en la lejanía se originó cómo un sonido sin forma, al aproximarse iba mostrando sus matices. Se podía distinguir la cadencia, el ritmo de pisadas muy sincronizadas, el enemigo estaba muy organizado, se movía como un único ser. El miedo se empezó a apoderar de ellos y muchos tenían los ojos sometidos al esfuerzo de evitar las lágrimas, pero aun así, no fue suficiente para que se atrevieran a invocar a las armas.

El sonido del avance llegó a inundarlo todo, estaban ya muy cerca y en el horizonte se podía distinguir una gran masa uniforme, pero ninguna silueta. Una muy extensa y gruesa línea, bastante brillante, avanzaba firme y regular hacia ellos. Todavía no se podía distinguir de qué se trataba, pero desde luego, aquello no eran hombres. Tal vez fueran hombres subidos a hombros de otros hombres, pero la distancia y la altura estaba muy por encima del más alto de los humanos. Todos lo percibieron y, aunque habían sido prevenidos, no era lo mismo oír hablar de ello que verlos avanzar sobre ti. Ahora la distancia ya permitía distinguir unos grabados, finos y repetidos sobre la enorme línea, eran escudos, colosales, grandes como balsas, que cubrían a los atacantes por completo, apenas se podían distinguir unos pies bajo ellos, pero al menos tenían pies. Llegado ese punto ya no les hubiera extrañado que fueran serpientes, quimeras o ve tú a saber qué.

En las filas de los hermanos de guerra se les oía decir con total asombro: —Son enormes—. Sólo entonces empezaron a aceptar la realidad que habían negado con tanta convicción religiosa: a veces no importa lo que un hombre pueda creer, la realidad tiene sus propios planes y tarde o temprano tendrás que enfrentarte a ella.

Ya estaban casi encima, habían cruzado la invisible línea límite, habían provocado el ataque de los hombres, los arqueros oxänos, con sus armas tensas apuntando a media altura para conseguir el mayor alcance, recibieron la orden de abrir fuego. Miles de flechas agujerearon el aire como si fueran aves o velocísimos insectos en formación, volaron juntas casi en paralelo y tardaron unos segundos en llegar hasta los escudos.

Nada, ni un grito ni un suspiro, en su lugar, un extenso sonido metálico de choque, el de las puntas metálicas de los proyectiles colisionando sobre escudos que debían cubrir al enemigo por completo. La copiosa lluvia de flechas fue repetida en dos ocasiones más sin mejor resultado que si hubieran disparado a las piedras. Ese hecho, junto al gigantesco tamaño del enemigo, hizo caer la moral de los hombres a sus pies y ellos mismos la pisotearon.

Con el choque casi inminente apenas a unos segundos, la cabecilla les dijo:

—¡Invocad!

Los laderenses lanzaron un último y profundo suspiro y, uno tras otro, comenzaron a invocar a sus armas con voz triste aunque decidida. Era el momento de comprobar lo que se podía comprar con un alma.

—¡Quirän!

—¡Ogïn!

—¡Rainïr!

—¡Acärar!

—¡Nordïr!

—¡Isnäitir!

—¡Arän!

—¡Ocärin!

—¡Escäinir!

—¡Rän!

—¡Ünar!

—¡Dölnar!

—¡Cënir!

—¡Ïgnir!

—¡Eisïl!

—¡Acäre!

—¡Oriän!

—¡Usulnïr!

—¡Gäre!

—¡Dsäilnir!

—¡Arädnir!

Y cientos de nombres más que se oyeron y, con ellos, el despertar de unas bestias durmientes muy, muy violentas. Las armas se irguieron con una fuerza incontrolable, arrastrando los brazos de sus dueños, vibrando ansiosas y haciendo suyo todo el espacio que pudieron acaparar. Los inexpertos guerreros, al estar demasiado juntos, se alcanzaron los unos a los otros con tan mala fortuna que los que todavía no habían invocado a sus armas recibieron terribles heridas de sus propios compañeros. Se estaban diezmando entre ellos, su forma de combate requería mucho más espacio que la de un guerrero convencional.

—¡Separaos! ¡Maldita sea, separaos rápido¡ ¡Nos estamos reventando nosotros mismos! —Les gritó la cabecilla dirigiéndose al resto.

—¡Separaos! —Se repitieron entre ellos, al tiempo que trataban de moverse en todas direcciones, ampliando el flanco derecho, retrocediendo o avanzando hacia el enemigo. Las hostilidades habían empezado antes de lo previsto.

Gracias a la improvisada maniobra de dispersión se evitó una tragedia mayor. El consuelo que se repetían los unos a los otros era que los que habían muerto no habían tenido tiempo de invocar las armas y estarían a salvo, donde fuera que estuvieran, incluso en la mismísima nada.

La cabecilla intentó insuflarles valor y les dijo:

—¡No temáis nada, luchad con valor, como si fuerais rïdguns!

Y los laderenses empezaron a gritar:

—¡Como rïdguns!

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