A salto al carruaje del oro

Gracias a los cálculos del erudito, el pequeño grupo con afán recaudatorio consiguió llegar un día antes al lugar del encuentro con el carruaje. Se habían separado del grupo principal, quienes ahora estaban a una prudente distancia de ellos, en un clima más seco que el bosque que ahora les albergaba.

El erudito les hizo notar que el camino que llevaban mostraba unas huellas de rueda con unos surcos muy particulares, bastante anchos y profundos. Profundos debido al enorme peso que era transportado con frecuencia y anchos justamente para evitar clavarse en el suelo con tanta facilidad. Sólo un carruaje tenía un perfil tan característico.

Acamparon con tiempo suficiente, ubicándose bastante lejos del camino, para no ser vistos. Esa noche no habría fuego posible, así que deberían extremar las precauciones para evitar el ataque de alimañas.

El erudito les hizo repasar el plan una y otra vez, no quería ningún tipo de descuido durante la ejecución de éste. Tanto la cabecilla como Okäni se tomaron la libertad de criticar el plan y tratar de aportar mejoras, la mayoría de las cuales fueron justificadamente rechazadas.

La noche transcurrió apacible y sin sobresaltos, nada de lo que preocuparse y el día siguiente se hizo largo y desesperante. El carruaje solía pasar después del mediodía, pero en esa ocasión tardó más de lo habitual, contribuyendo de esa forma al nerviosismo de los asaltantes. Finalmente, a lo lejos, se oyó un ruido grueso proveniente de varias fuentes en lugar de una sola. Okäni, que había sido enviado como avanzadilla de vigilancia, fue el primero en oírlo y, tal como le habían ordenado, salió corriendo tan rápido y discreto como pudo, en dirección al resto del grupo. Intentando gritar y susurrar al mismo tiempo, les decía con una voz sin cuerpo que pretendía alertar y pasar desapercibida a la vez:

—¡Ya vienen! ... ¡alguien se acerca! ... ¡Ya están aquí!

En menos de un minuto había llegado hasta el resto del grupo, quienes no lo oyeron hasta tenerlo casi encima. Todos giraron sus cabezas para verle y acto seguido se aproximaron al camino, raudos y sigilosos. Okäni no se acercó todavía, ya que con las manos sobre sus rodillas, estaba intentando recobrar el aliento perdido. El erudito trató de oír en la lejanía algún tipo de ruido que no fueran los propios del bosque y en seguida distinguió el sonido de léptidos y ruedas. El momento había llegado pero repentinamente se dio cuenta de algo, y, también con susurros y gran gesticulación, les dijo al resto:

—¡Las armas, las armas... id a por las armas!

En su frenesí por acercarse al camino, las habían olvidado, teniendo que volver a por ellas. Tras eso, el erudito añadió:

—¡Y los pañuelos ... no olvidéis los pañuelos!

Con gran suerte, se trataba de detalles sencillos y reparables con facilidad. En un instante tomaron las armas y se cubrieron los rostros. Sin pausa alguna volvieron al camino y Okäni, más recuperado, se les unió. Dos de ellos cruzaron al otro lado del camino, para poder acorralar a los portadores del oro. Gracias a que el carruaje era lento y todavía estaba fuera del campo de visión, pudieron hacerlo sin problema.

La puesta en escena había comenzado con la cabecilla tumbada boca arriba, en medio del camino, simulando yacer muerta o inconsciente. Cuando todos estuvieron ya preparados y concentrados, en el último momento, la cabecilla se descubrió un pecho para dar más sensación de dramatismo y veracidad, así como para captar más fácilmente la atención del grupo que se aproximaba.

Esos últimos minutos se hicieron eternos para todos, pues una cosa era repasar el plan y otra muy distinta ponerlo en práctica. Tuvieron tiempo en pensar en mil cosas antes de que el carruaje llegara, pero fue la cabecilla quien llegó a temer que el resto se acobardase y la dejara expuesta. ¿Qué les iba a contar entonces?

En cualquier caso, ya era demasiado tarde para una vuelta atrás, dos hombres, montados sobre léptidos y armados con espadas aparecieron tras la cercana curva que separaba a ambos grupos. A un metro, tras ellos se encontraba el carruaje con dos hombres más, uno guiando a los léptidos que tiraban del transporte y otro, erudito de oficio, acompañándoles. Tras el carruaje, los dos últimos léptidos con sus respectivos jinetes y sus respectivas espadas.

Uno de los primeros jinetes no tardó en ver el cuerpo de la cabecilla en el camino y alzó la mano para que se disminuyera el ritmo. Con paso más lento, todos avanzaron hasta unos metros delante de ella, y cuando el primero se disponía a desmontar, el erudito asaltante gritó:

—¡Ahora!

Todos saltaron sobre el camino, con sus rostros cubiertos, mostrando sus amenazantes armas y rodeando al grupo, salvo Okäni, que había enredado parte de su pañuelo entre la maleza y éste colgaba entre una planta y él. La cabecilla se incorporó con rapidez, acercándose al borde del camino donde había escondido su arma y también se unió a la emboscada. El erudito asaltante gritó:

—¡Deponed las armas, estáis en inferioridad! ¡Obedeced y nadie saldrá herido!

El erudito del carruaje preguntó:

—¿Ogän? ¿Eres tú?

Ogän no supo cómo reaccionar ante la inesperada perspicacia del otro erudito, tenía muy poco trato con él y era casi imposible que le hubiera reconocido. Totalmente sorprendido, trató de improvisar:

—¡Callaos! ¡No conozco a ningún Ogän! ¡Deponed las armas!

—Pero Ogän, ¿tan mal os van las cosas que os habéis vuelto un forajido? —Preguntó el otro erudito, a medio camino entre la sorpresa y la preocupación.

—¡Malditos perros! —Gritó el jinete más avanzado, increpando a su léptido a ponerse sobre dos patas y atacar a la cabecilla y a la arquera Alzïr.

Para sorpresa de todos, la espada de la cabecilla reaccionó al instante, realizando un círculo que cortó las patas delanteras del léptido. Esa terrible herida hizo que el dolorido animal perdiera el equilibrio y cayera de lado, junto a su montura, aplastándola.

—¡Esperad! ¡No ataquéis! —Gritó el erudito Ogän.

Demasiado tarde, el otro jinete situado a la cabeza hizo gesto de cargar contra ellas y los de atrás se giraron para atacar a Äpek y Änzir. Sin dudar ni un segundo, Äpek empezó a alimentar su arco con flechas tan rápido como pudo y en apenas un instante acribilló tanto a su atacante como a su montura.

—¡No, esperad! —Decía Ogän.

Pero, inspirada por Äpek, Änzir hizo lo mismo, eliminando también en un abrir y cerrar de ojos al jinete que tenía más cercano. Los dos jinetes de la zona trasera habían muerto antes de caer de su montura, pero por la tensión de la situación, tanto Äpek como Änzir remataron una y otra vez tanto a los jinetes como a los léptidos.

—¡Parad, parad! —Se le oía decir a Ogän —¡No disparéis!

El otro jinete, el que estaba situado delante del carruaje, inició también el ataque. En frente suyo estaba la joven Alzïr, quien quedó paralizada por la situación, simplemente dio un paso atrás y se olvidó de invocar a su arma. El jinete condujo al léptido a atacarla, y con su habitual técnica, se puso a dos patas para utilizar las delanteras como armas. Con las durísimas pezuñas que había alzado hasta más arriba del cuerpo de Alzïr, golpeó su cabeza con una fuerza brutal, que, por supuesto, fracturó el cráneo de la joven. La muerte le llegó instantánea, sin tiempo para comprender o para sufrir por lo que estaba ocurriendo.

Cayó desplomada como un bloque de piedras sobre el camino.

Cuando el erudito vio aquello, quedó conmocionado y enmudecido, no volvió a intentar interrumpir el ataque. La cabecilla, sintiendo una abrasiva ira que surgió de su vientre hasta su cabeza, gritó y se lanzó contra el jinete que había segado la vida de Alzïr. Éste desenvainó su espada para acabar con la mujer, y cuando ésta se abalanzaba sobre él, inició el golpe con el que esperaba cortar su cuello. Sin embargo, en contra de cualquier pronóstico, pues ella no mantenía ningún tipo de guardia defensiva, Caïr, ese era el nombre de la espada de la cabecilla, se movió con la velocidad del rayo al encuentro de su arma rival. El brazo de la cabecilla se vio arrastrado por la fuerza de su espada y, si no hubiera estado empapada en odio, juraría haber sentido que se lo iban a arrancar. Caïr enfrentó su filo contra el de su espada oponente, cortándola como si fuera trigo. Sin detenerse ahí, la trayectoria del arma llegó hasta la pierna izquierda del jinete, penetrándola y atravesando el hueso. La embestida parecía no tener fin y llegó hasta el léptido, introduciéndose por su abdomen y cortando todas las costillas que encontró por el camino. Todo de un golpe.

Animal y jinete cayeron al suelo, retorciéndose y dando muestras de dolor. La sangre había salpicado el vestido de la cabecilla, y su habitual cara alegre ahora estaba bañada en sangre. Esa visión conmocionó a Ogän, quien seguía sin poder articular palabra alguna.

El erudito que acompañaba el carruaje, sin pensárselo dos veces, de un salto, se escondió debajo del carro. El conductor de éste, trató de desenvainar su espada, pero Raïn, que estaba muy cerca de él, lo mató de un hachazo tan enérgico que partió el frontal del carruaje y parte de la rueda, que, por la presión, se desprendió del eje y tambaleó el carro. Consciente de que el otro erudito se encontraba bajo el transporte, Raïn, también iracundo por la muerte de la joven, fue a por las restantes ruedas, destrozando con su hacha cada una de ellas hasta llegar a la última, dejando que el terrible peso del cargado carruaje aplastara al oculto erudito. Todos los atacantes yacían muertos o en situación tal que apenas les quedaban minutos de vida.

Cuando Änzir se percató de lo que había ocurrido en la parte delantera del carruaje, cambió su expresión por completo, corrió hacia el cuerpo de su amiga y estalló en un llanto abundante. No paraba de decir:

—¡Alzïr, Alzïr, no te mueras, por favor, Alzïr!

Se arrodilló ante ella y la cogió apretándola contra su pecho, ahora manchado de sangre y de las lágrimas que no podía contener.

—¡No puede ser! ¡No puede ser! —Repetía la muchacha.

El erudito, volviendo en sí, dijo:

—Hemos de marcharnos.

La cabecilla puso la mano sobre el hombro de Änzir y ella giró su cuello para mirarla, sin soltar el cadáver, con la voz destrozada y conmocionada, le dijo:

—Le gustaba un chico del pueblo... iba a hablar con él... ¿qué le voy a decir a su madre?, ¿qué le diré?

La cabecilla hizo un gesto a Äpek para que se acercara, quien obedeció corriendo y con mucho cuidado, entre ambos, trasladaron el cuerpo de la fallecida. El erudito, Raïn y Okäni se encargaron de extraer la parte del oro que podían transportar, suficiente para sufragar los gastos del viaje. Cuando se hubieron alejado suficiente del carruaje, Äpek preguntó al resto:

—¿Qué haremos con el cuerpo? No podemos arrastrarlo eternamente.

—Debemos dejarlo aquí —Dijo el erudito.

—No podemos dejarla —Suplicó Änzir mirando al erudito.

—La enterraremos aquí —Dijo la cabecilla.

—Debemos huir lo más rápido que podamos —Contestó el erudito.

La cabecilla, muy decidida, desenvainó de nuevo su espada y colocó el extremo de ésta apuntando a la garganta del erudito. Con la voz muy firme y contenida, con dificultad le dijo:

—La enterraremos a ella o te enterraremos con ella.

El erudito la miró fijamente sin expresar sentimiento alguno, pero sintiendo una profunda culpabilidad le contestó:

—Es demasiado arriesgado, marchaos, yo lo haré y más tarde os alcanzaré.

La cabecilla instintivamente comprendió y aceptó la autoimpuesta penitencia del erudito, a quien contestó:

—De acuerdo.

Acto seguido tomaron todo lo que habían traído más el oro y partieron. Änzir tuvo que ser ayudada para separarla del cuerpo de su amiga. Äpek le dijo:

—Vamos Änzir, ahora sufre menos que nosotros —Mientras la agarraba por el brazo.

Todos ellos marcharon mirando al erudito como única despedida, quien ya estaba empezando a cavar la fosa.

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