Anexo 2

Cuerpo de transcripciones erudíticas

Extracto 17, Revisión actualizada

El fin de una era

Casi desde la misma aparición de los homínida, de forma incomprensible, el afecto de los nuevos dioses se desplazó en gran medida hacia ellos, sobretodo hacia los hiperiones. Los hiperiones, hermosos, afectuosos y complacientes, todavía podían ser dignos de ese afecto pero los hombres, sin duda, no podían aproximarse a estas características. Su inteligencia sólo despuntaba en ocasiones y la mayoría parecía carecer de ella. Desprovistos de gracia y la mayoría de virtudes, eran bastante diferentes entre ellos y, sin embargo, los dioses apreciaban su compañía. Este era el juicio de un hiperterian y no estaba del todo errado. Con esta justificación y viéndose ensombrecidos por los hiperiones, los hiperterian no tardaron en obsesionarse con ellos. Primero fueron objeto de su sarcasmo y burlas pero no hubo que esperar mucho a verlos expresar su odio de una forma más explícita.

El odio acumulado por los hiperterian eclosionó en a penas unos días en los que los acontecimientos se sucedieron tan rápido que ni los dioses pudieron solucionarlo a tiempo. La joven población de hiperiones, todavía en fase de expansión y muy vulnerable, fue atacada casi de improviso. Éstos, debido a su docilidad, falta de agresividad y extrema inocencia, fueron una presa fácil para sus asesinos, quienes siempre se consideraron legitimados para corregir a los mismísimos dioses y restaurar la armonía preexistente.

Fue casi inevitable que, tras la aniquilación del último de los hiperiones, los hombres, sin constituir una amenaza real, fueran los herederos del odio hacia sus hermanos mayores. Los dioses todavía no habían llegado a advertir el exterminio de sus queridas criaturas, así que los hiperterian aún disponían de cierto margen de tiempo para seguir con su labor.

Había más diferencias entre los hombres y el resto de criaturas de las que se podrían haber apreciado en un principio, llegando a cobrar mucha importancia para su supervivencia. Siempre fue cierto que un hombre no era gran cosa al lado de un hiperterian ni rival para él, pero no se sometieron con facilidad ni se entregaron a su destino.

Al principio trataron de evitar el encuentro con los hiperterian pero cuando esta técnica se volvió estéril, optaron por devolver la violencia con que les obsequiaban. No es que un hombre tuviera muchas oportunidades contra un hiperterian y, al ser consciente de ello, de forma natural surgió una estrategia sencilla y más eficaz que las otras: actuar unidos. Por lo visto, al organizarse sus posibilidades de supervivencia aumentaban, aunque no siempre con buenos resultados.

De esta manera surgió la primera oposición real a los hiperterian, los más pequeños estaban enfrentándose a los más grandes.

Los primeros encuentros se tornaron en revueltas y éstas se volvieron escaramuzas. Después surgieron los levantamientos y, al igual que las estaciones se suceden, no tardó en llegar una guerra abierta entre hiperterian y hombres.

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