Alimento del fuego

Entre los laderenses que migraron al flanco izquierdo, estaba el grupo de los armados con fuego vivo, aunque también se les unieron muchos de sus vecinos, los arqueros, así como algunas espadas, hachas y mazas. Fue bastante sencillo para ellos erosionar las líneas enemigas desde el lado. El flanco izquierdo, dominado por los hiperterian con suma facilidad, lo último que esperaba era encontrar una repentina resistencia de esas proporciones. Así que la sorpresa, además de la ventaja armamentística de los laderenses y la posición lateral o trasera, les permitió avanzar casi a paso ligero mientras iban derribando a los soldados hiperterian. De hecho, los laderenses eran tan veloces que los hiperterian iban cayendo más rápido que el avance de la noticia de la embestida. Y si lateralmente los hiperterian todavía tenían alguna oportunidad, los ataques que llegaron desde la retaguardia, iban eliminando filas, una tras otra, sin que la precedente siquiera se diera cuenta de que algo estaba pasando.

Los laderenses, con frecuencia tenían que pasar caminando por encima de sus derribados enemigos, ya no porqué quisieran pisotearlos, sino porque su gran número y su gran tamaño, junto a una formación tan densamente cerrada, había cubierto de cadáveres y moribundos gran parte del suelo y esquivarlos significaba tener que dar un gran rodeo. Si el camino más rápido es una línea recta, ésta, en ocasiones, pasaba por encima de los abatidos hiperterian.

El olor dulzón de carne quemada se hizo muy desagradable, y aunque con la exaltación del momento no era tan evidente, consiguió que muchos de los participantes perdieran las ganas de comer carne, al menos durante un par de horas.

Después de un buen rato, el avance llegó a su final y los soldados oxänos que estaban en primera línea, los pobrecillos que estaban siendo aniquilados por la línea de choque hiperterian, vieron algo que jamás hubieran imaginado. No se habían percatado de que un creciente bullicio, originado dentro de las líneas hiperterian, se iba oyendo cada vez más intenso y cercano, hasta que en un momento por completo inesperado, los escudos dejaron de avanzar. Los hermanos de guerra oxänos estaban extrañados por la maniobra, esperando tensos la acometida y a las enormes espadas surgir, como les había pasado a sus hermanos antes que a ellos. No podían entender por qué se había detenido el avance, pero no creyeron apropiado lanzarse sobre ellos, sino esperar y disfrutar de esa pequeña, inesperada y agradecida pausa. Sin embargo, los escudos no continuaron su avance y, en un momento dado, vieron como se tambaleaban lentamente, desprovistos de cualquier sujeción y empezaban a desplomarse hacia adelante.

Los hermanos de guerra esperaron encontrar cualquier cosa tras los escudos, monstruos, dioses o demonios, cualquier cosa menos a los laderenses aplastando al enemigo. Que éstos hubieran aniquilado lo que ellos no habían podido siquiera contener, era imposible de aceptar si no estuvieran delante de ellos. Si algunos de los hermanos de guerra del flanco derecho no hubieran dado fe de lo que pasó, jamás lo hubieran creído y necesitaron mucho tiempo para llegar a aceptarlo.

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